—Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.
—Estoy á la disposicion de usía.
—Y mi corregimiento á la de su señor padre: hagáselo V. presente de mi parte.
Siguió su camino el corregidor, y apreté yo el paso hácia mi casa para advertir á mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza, que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.
Frunció mi padre el entrecejo escuchando mi narracion, pero no desplegó sus labios, y ántes de anochecer fué á visitar á Vallejo, dejando á mi madre y á su hermano el canónigo en angustiosa incertidumbre; era para ellos evidente que yo habia traido á mi padre la órden de presentarse inmediatamente ante aquella extraña autoridad.
Al volver mi padre de su visita, respondió á la interrogadora mirada de mi madre con estas palabras:—«Es un hombre atentísimo y no temo doblez en él; pero no puedo comprender sus intenciones.
Yo no puedo visitar á V.; me ha dicho al despedirme; pero envíeme V. á su hijo: no sé comer solo, soy algo hablador y me ha parecido que su hijo de V. no tiene pelos en la lengua.—¡Dios ponga tiento en ella! exclamó mi padre volviéndose á mí. Mañana irás al alojamiento de ese botarate, y sereis dos: si te invita á comer, acepta; pero no bebas. Habla poco, si puedes, y escucha bien lo que te diga, porque probablemente te lo dirá para que me lo repitas.»
Maldita la gracia que me hizo la posicion en que el nuevo corregidor me colocaba entre él y mi padre: pero despues de una noche no muy tranquila para ninguno de los tres que componíamos la familia, á las cuatro en punto de la tarde pasaba yo un poco receloso los umbrales de la casa en que se alojaba D. Francisco Luis de Vallejo, á quien desde aquella tarde consagré un cariño fraternal y un agradecimiento que no se extinguirá sinó con la vida.
Llegué hasta el aposento del corregidor sin tropezar con portero ni alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en mí conociera, dí resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos, y al «adelante» con que desde dentro me autorizaban á penetrar en aquel sancta sanctorum de la justicia lermeña, me presenté con tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera autoridad del partido. Leia Vallejo, tendido en un sillon de cuero, un libro encuadernado en vetusto y amarillento pergamino; los piés tenia con botas y espuelas puestos en dos sillas y el codo izquierdo en la esquina de una mesa de piés salomónicos, que sobre su tablero sustentaban por el momento, y en vez de legajos de papel sellado, un gran plato de nueces frescas, muy pulcramente peladas, y un pichel de aquella agradable bebida compuesta de limonada y vino que se llamaba sangría en aquel tiempo viejo, y con la cual templaba el corregidor el ardiente efecto del oleoso fruto del nogal. Soltó el libro y levantóse para recibirme; é hízolo con tan atractivos modales y con tan afectuosas palabras, que al cabo de media hora, uno en frente de otro, dábamos cuenta de la última nuez y de la gota postrera de sangría, en medio de la más alegre conversacion de estudiantes y de la más franca y espontánea amistad de muchachos.