Esta rápida é inconcebible union de dos tan distintos individuos, la habia operado en pocos minutos el libro que Vallejo leia: las coplas del marqués de Santillana y de Jorge Manrique, manuscritas y encuadernadas en la edicion gótica de Sevilla de las trescientas de Juan de Mena.
Si en lugar de escribir estos recuerdos en las columnas de un periódico los escribiese en las páginas de un libro, llenarian algunas los pormenores de esta escena. Paco Vallejo era originalísimo en sus opiniones, excéntrico en sus ideas, y tan picante como ameno en su conversacion. Venia de la corte impregnado en el espíritu de todos los gérmenes políticos, económicos, artísticos y literarios de la revolucion.
Era un índice vivo de cuantos libros y periódicos iban publicados en aquella primera, modesta y recelosa libertad de imprenta; sabia de memoria las principales escenas del Edipo, de Martinez de la Rosa; del Macías, de Larra; de la Marcela, de Breton, y los chistes, de Ventura, y los Cantos de Espronceda, que acababa Ochoa de publicar en El Artista, y podia decir al dedillo la historia de todas las cantantes, desde la Albini, la Cesari y la Lorenzani, y de todas las bailarinas, desde la Sichero y la Volet; recitóme veinte canciones italianas, para mí desconocidas, y encantóme con la de Zanotti, que lleva por estribillo aquel famoso ¡oh giuramenti predda de' venti! Recítele yo mi Dueña de la negra toca y mi Canto de Elvira, con los versos á una Catalina, la moza más garrida que por entónces vivia en Lerma; pidióme y díle noticias y narréle lo que de las muchachas de la comarca se susurraba; díjome y díjele, contéle y contóme tantos versos tan ingeniosos como subidos de color, y tantas historias tan gratas de recordar como imposibles de repetir; y cuando la dueña de la casa se decidió á avisarnos que la sopa estaba en la mesa, así nos acordábamos, como por los cerros de Ubeda, ni él de que era corregidor, ni yo de que era el hijo de mi padre.
Aquellas tan frescas como excitantes nueces nos habian hecho acabar con el pichel de sangría; y aunque el vinillo ágrio de Lerma, segun decia mi tio el canónigo, no era bueno más que para echar lavativas á galgos, nos habia abierto tanto el apetito como alegrado el corazon y calentado la cabeza—borrando los diez años de diferencia que entre mis diez y siete y los veintisiete del corregidor mediaban. Comimos como dos condiscípulos que á hallarse juntos volvieran tras diez años de separacion, y éramos á los postres tan amigos y tan iguales como si de veras condiscípulos hubiéramos sido desde la escuela de primeras letras. Y así llegamos á las nueve de la noche, y oí yo con asombro, y casi con espanto, las campanas de la Colegiata, que tocaban á las Animas: era la primera vez que tal hora me cogia fuera de la casa de mi padre, era la en que se rezaba el rosario en ella, y era yo el encargado de guiarle.
Conoció Vallejo que algo me angustiaba; preguntóme qué, y reveléselo yo: entónces, tomando una de las dos luces que habian alumbrado nuestro festin, y volviendo á llevarme al aposento en donde le hallé, escribió una carta de media página á mi padre; llamó al alguacil de renda y le mandó que á mi casa me acompañara; dióme por despedida lo escrito cerrado en un sobre, y díjome al oido: «dí á tu padre que queme ese papel en cuanto le lea, y que no deje de enviar á su hijo de cuando en cuando á comer con el corregidor.»
Entré yo en mi casa con los carrillos muy encendidos y los ojos muy alegres: aguardábame ya impaciente mi familia, y recibióme mi padre con el ceño un poco fruncido y en un silencio muy poco á propósito para infundirme ánimo; pero yo, sin decir palabra ni darle tiempo de pronunciar una, púsele en las manos la carta de Vallejo, con lo cual obligándole á fijar su atencion en la misiva, logré que la apartara del portador.
Leyó mi padre y quedóse un punto suspenso, contemplando lo escrito como si no lo comprendiera; y aprovechando la posicion en que, inclinado hácia adelante, tenia la carta y la cabeza cerca de la luz, díjele al oido como Vallejo me lo habia dicho: «Que queme V. ese papel en cuanto le lea.»
Quitó mi padre sus ojos del papel para fijarlos en los mios, y preguntóme: «¿Te lo ha leido él á tí?»
No, contesté con la firmeza de quien decia verdad; y en silencio mi padre quemó el papel, quedando de él no más que el pico, por el cual entre su pulgar y su índice lo tuvo miéntras ardió. Tiró despues del cordon de la campanilla y mandó que sirvieran la cena: «Tú habrás comido muy tarde, me dijo: nosotros hemos rezado ya el rosario, y tendrás ganas de acostarte: toma tu luz, y te dejaremos en tu cuarto;» y miéntras todos bajaban al comedor, que estaba en el entresuelo, me dijo mi padre al dejarme en mi dormitorio, que tenia su puerta en el arranque de la escalera:
«Mañana irás á decir á Vallejo lo que me has visto hacer con su carta y le darás las gracias,» y añadiendo entre dientes y como quien habla consigo mismo: «¡si tuviera la cabeza tan sana como el corazon..!» me cerró la puerta y me acosté tan satisfecho de haber salido tan bien librado como curioso de saber lo que decia aquella carta, que tan bien me habia escudado del justo mal humor de mi padre.