Vallejo tenia suficiente juicio para no fiar al chico lo que corriera riesgo de su insensata locuacidad: el corregidor fué con el padre un caballero de la tabla redonda y un muchacho desatalentado con el hijo futuro autor del Tenorio, y único sér con quien el noble calavera madrileño, á quien debia aquel drama ser dedicado, podia tener afinidad en aquel país.
El corregidor liberal, el apuesto y caballeroso garzon, arriesgó su favor y su empleo por amparar al magistrado en desgracia y fué el primero que auguró al hijo un porvenir tan brillante como inútil para uno y otro.
Ocho años despues, supe por mi madre que la carta de Vallejo, que de su parte llevé yo á mi padre, decia: «Traigo órden de vigilar á V. y de no dejarle respirar, pero puede V. dormir tranquilo miéntras yo sea corregidor de Lerma; y cuando tenga V. que emprender algun viaje, avísemelo V. con tiempo para que pueda usted partir sin despedirse de mí, miéntras esté yo de expedicion por mi ínsula Barataria; pero no deje usted de enviarme al chico; que tendrá siempre tan buen lugar en mi mesa, como creo que le tiene en el porvenir que abre en España á las letras la revolucion que se desarrolla.»
¡Oh, bueno y leal Paco Vallejo! Pocos meses despues tenias que consolar á mi pobre madre y desvanecer las sospechas del receloso y severo juez, que tal vez creyeron por un momento que podias tener parte con tus consejos en el crímen con que el hijo se abrió las puertas del porvenir famoso que tú le habias predicho, y que sólo valió al padre, á la madre y al hijo pesadumbres y desengaños.
Mi madre, harta de vivir escondida en un pueblucho de una sierra, en donde nieva desde Noviembre hasta Febrero, y en el cual, incomunicada y sin noticias del mundo, habia vivido cinco años sin saber lo que en el mundo pasaba, vino por fin á llamar á las puertas de la casa del hijo ingrato, cuyo amor filial creia extinguido por la vanidad de unos triunfos que no la habian producido más que ruido y coronas de papel dorado. Un viejo eclesiástico, que la habia servido de protector, se presentó al hijo con la desconfianza de un católico que tuviera necesidad del amparo de un hereje; que era, y es aún lo que se cree en algunos pueblos de Castilla de los que usamos perilla y bigote; pero no bien el anciano sacerdote comenzó á tantear los sentimientos del hijo, cuando éste se echó en sus brazos deshecho en lágrimas, clamando ansioso por abrazar á su infeliz madre; trajímosla á nuestra casa, y una nueva luz, una nueva vida y una nueva inspiracion entraron en ella. Habia yo vivido poquísimo tiempo con mi madre; á los ocho años me habia metido mi padre en un colegio de Sevilla; á los diez me puso en el de nobles de Madrid, y sólo dos veranos, durante las vacaciones del 34 y 35, habíamos vivido bajo el mismo techo, pero entre el miedo y los pesares del destierro y en la escasez de expansiva confianza de los que se conocen mal y no se aprecian bien; resultado inevitable de la educacion fuera de la familia: se pierde uno para ésta tanto cuanto se gana para la sociedad; yo me gané para el mundo y me perdí para mi familia, no nos tratamos y no nos conocimos. Vino, pues, mi madre á mi casa, y yo no sabia ser su hijo; la trataba como á hija mia. Yo la mimaba, yo la peinaba, yo la dormia; sentia que no fuese una niña de tres años, para poderla tener todo el dia sobre mis rodillas y velarla de noche el sueño, colocada en mis brazos su cabeza. A la luz de sus ojos, al calor de su cariño, al influjo de su presencia, produje yo en tres meses los tres tomos de mis Cantos del Trovador; y un libro del P. Nierenberg, en que ella leia, me sugirió la idea de mi Margarita la tornera; y en aquel D. Juan que tan mal estudia en la Universidad,
Sintiéndose el alma seca
de hablar de legislacion
y con la mala intencion
de quemar la biblioteca,
y que vuelve por fin despechado y pobre á aquella casita solitaria, hay algo de mi historia y de la de mi casa; y en aquel altar enflorado, y en aquella despedida de la monjita en el altar arrinconado del cláustro, y en aquella narracion rebosando fé sincera, inspiracion juvenil, frescura de selva vírgen, y aroma de rosas de Mayo y poesía nacional y cristiana, está encerrado el espíritu religioso de mi devota madre; está derramada á manos llenas la esencia del amor filial, la poesía del corazon amante del hijo que escribió aquellos versos ante la sonrisa de la madre adorada... y por eso es Margarita la tornera la única produccion que me ha conquistado el derecho de llamarme poeta legendario, y creo que el poeta que la escribió no merece ser olvidado en su patria; y cuando veo que la fama eleva en sus alas á otros poetas contemporáneos, no tengo envidia de sus merecidos triunfos ni de las justas alabanzas de sus modernas obras, y me digo á mí mismo callandito, sin orgullo, modestamente, pero con conciencia de mí mismo: «yo tambien soy poeta; yo tambien he escrito mi Margarita la tornera.»