Pero, ¿qué diablos importan todos estos recuerdos íntimos y personales á los lectores de El Imparcial? Mi pobre madre, que tenia mucho miedo á mi padre, se fué de mi casa... y murió sin que yo la volviera á ver; mi Margarita la tornera, inspirada por la presencia de mi madre, es el sudario en que puedo envolver mi memoria póstuma para que se conserve más tiempo sobre la tierra; puede servirme de confesion á la hora de mi muerte, si la Providencia me hace morir inconfeso, ¡y quién sabe si podrá abonarme ante el tribunal de Dios, cuando mi alma sea por Él llamada á juicio!

Paco Vallejo volvió de la Habana, y yo le dediqué mi D. Juan Tenorio, para que su nombre viviera con el mio unos cuantos dias más despues de nuestra muerte; que es lo ménos que en nombre mio y de mi padre debo á la memoria del amigo leal y del caballeroso amparador.

Volvamos ahora al teatro, para el cual habia dejado de escribir de los de Madrid en ausencia de Cárlos Latorre; y veamos cómo y por qué fué mi Traidor, inconfeso y mártir, el único drama que yo escribí para Julian Romea, y el único que estoy satisfecho de haber escrito.


XX.
DE CÓMO SE ESCRIBIÓ Y SE REPRESENTÓ
Traidor, inconfeso y mártir.

Siete años de asíduo trabajo habian atraido sobre mí la atencion del público; llevaba ya escritas veinte obras dramáticas, más ó ménos aplaudidas, pero ninguna rechazada, y tres ó cuatro que eran ya de repertorio en todos los teatros de España; ocho tomos de versos, que habian merecido el honor de la reimpresion, y los tres de los Cantos del Trovador, publicados por Ignacio Boix, habian hecho mi nombre popular, y mi exhibicion contínua como lector en los salones del palacio de Villahermosa, donde se instaló primero y resucitó despues el Liceo, habian puesto en evidencia mi exígua personalidad.

Pero á pesar de que del teatro y del Liceo habian salido todos mis compañeros á diputados, gobernadores, ministros plenipotenciarios, y los más modestos á bibliotecarios, cuando ménos, yo me habia quedado poeta á secas, esquivo á la sociedad, extraño á la política y sin influencia con los gobiernos.

El último año de la brillante y efímera existencia del Liceo, su Junta directiva, agradecida, segun dijo, á lo que con mi constante trabajo habia contribuido al lucimiento de sus sesiones y á los disgustos que me habian ocasionado sus juegos florales, en los que yo habia sido juez, presidente, y yo no recuerdo que más, acordó que se diese una funcion en obsequio mio, y se representó por los sócios mi Cada cual con su razon, y se me colocó en preferente sitio en un gran sillon, en el cual se notaba más mi pequeñez, y se me ofrecieron una magnífica corona y un rico álbum, cuya primera hoja habia escrito y firmado S. M. la Reina doña Isabel II; y cargado de papeles y de flores, y ensordecido por los aplausos, me volví á mi piso tercero de la plazuela de Matute, agradecido y contento, pero no desvanecido por el humo aromado y embriagador de la gloria mundana, y volví al dia siguiente á ser el poeta del dia anterior, y á vivir al dia con el producto de mis leyendas. ¿Por qué?

¿Habia algo en mi vida por lo cual se me mostraran esquivos los gobiernos y la sociedad de aquel tiempo viejo? No: yo era quien, esquivo á la sociedad y á los gobernantes, me encastillé en mi hogar doméstico á vivir con los legendarios personajes de mi fantástica poesía: yo era el poeta del tiempo viejo; y fiado solamente en el pueblo, y esperando mi recompensa de un solo hombre, desdeñé todo lo que de aquel hombre no viniera; y la fortuna loca llamó mil veces á las puertas de mi casa; y yo la cerré mis puertas y mis ventanas, dejándola pasar como si no la oyese y derramar sobre otros las venturas que para mí destinadas traia. Ya hablaremos tal vez más de esto en el último capítulo de estos RECUERDOS.

El exceso del trabajo, la profunda y perpétua inquietud que me roia el corazon, y las malas aguas que el municipio hacia beber por aquellos tiempos á los habitantes de Madrid, me procuraban todos los veranos una debilidad de estómago y una inflamacion de las vísceras abdominales, que el bueno del Dr. Codorníu, médico del regente Espartero, queria curarme á fuerza de sanguijuelas, cáusticos y demás excesos de la ciencia, que está hace siglos empeñada en atacar al enfermo para librarle de la enfermedad. Entre la mia y mi médico el Dr. Codorníu, que me queria como á sus propios hijos, me tenian en cama hacia ya cuarenta dias, al fin de los cuales vino una noche á verme Julian Romea. En ocasion de los juegos florales del Liceo, y en otra que á nadie importa, le habia yo probado mi amistad, y no podia Julian dudar de ella. Pero era una extraña amistad la mia con Julian: no iba jamás á su teatro del Príncipe más que para aplaudirle á él y á su mujer; pero jamás subia á su cuarto ni al de Matilde, ni habia nunca escrito un verso para ellos. Cárlos Latorre andaba por las provincias, y yo escribia libros, pero no comedias. Y el teatro de Julian habia encadenado á la fortuna en su vestíbulo, y la fama hacia resonar perpétuamente su bocina desde el balcon del saloncillo en el cual tenia Romea su corte y su cuarto de vestir, y todos los poetas iban á quemar incienso en aquella sucursal del Parnaso y en aquel peristilo del templo de la gloria.