Yo he sido siempre tenaz en mis opiniones, porque siempre son éstas hijas legítimas de mis convicciones, y las mias y las de Julian estaban en completa contradiccion en el teatro. Que yo era su amigo, no podia dudarlo un hombre por quien no habia vacilado en arriesgar mi reputacion y mi pellejo; que admiraba al actor no podia tampoco dudarlo el que por mí se veia constantemente aplaudido; pero ni el amigo ni el actor venian al poeta más que en la ocasion extrema; y Julian vino á verme in extremis, porque despues de cuarenta dias de cama, un poeta tan débil y tan chiquito como yo, debia de hallarse casi in artículo mortis. Hallóme efectivamente Julian reducido á lo que de mí habian dejado las sanguijuelas de Codorníu envuelto en los trapos de sus cataplasmas; pero con el ojo siempre avizor y el espíritu vivo dentro de la frágil carne—es decir, de la piel y los huesos, porque mi escasa carne se la habian ya comido las sanguijuelas y la calentura.—Abrazóme Romea y enteróse cariñosamente de mi situacion; distrajo la melancólica influencia de la enfermedad y del aislamiento con el relato de la crónica no muy edificativa de bastidores; ponderóme la boga de su amigo el Dr. Larios, quien segun él, hacia maravillas, y dejándome alegre y esperanzado, se despidió hasta el dia siguiente. A las once de la mañana de este volvió con el Dr. Larios, quien me desenterró de entre la infinidad de trapos en que Codorníu me tenia sepultado; metiéronme entre él y Julian en un baño, y á los dos dias, limpio y renovado, me llevaron en un coche al Pardo; donde con el cambio de aguas y de temperatura, las emanaciones salubres del arbolado y la proximidad del otoño, retoñó en mí la salud y la fuerza; y un dia me dijo Romea, trayendo á la realidad mi pasado y mi porvenir: «¿Por qué no me escribes un drama? Matilde y yo lo haríamos con el alma.»—«Pensaré en ello, le respondí; y si en estos dias de convalecencia doy con un argumento á propósito para tí, te lo consultaré y haré lo que sepa. Pero...
—Pero ¿qué?—me preguntó receloso Julian.
—Nada—repuse;—ya hablaremos.—No me atreví á darle más explicaciones sobre aquel «pero» que se me habia escapado.
Convalecí y cazé, y me repuse, y volví á Madrid. Mi editor Delgado habia ya muerto: Boix, sin ideas ni rumbo fijo en el comercio de libros, no me habia hecho trato alguno en que poder fiar, y Julian habia dado á mi mujer, prohibiéndola que me lo dijera, seis mil reales que habian subvenido á los gastos de mi enfermedad. Era forzoso trabajar: el editor Gullon se me habia ofrecido en lugar del difunto Delgado, y no podia rehusar á Romea una obra que él y un nuevo editor me pedian á un tiempo. Pensé en un argumento, en el cual sin salirme de mi terrorífico romanticismo, pudiera colocar un personaje característico adecuado á la escuela exclusiva y al género personal de representacion de Romea; y habiéndome procurado Salustiano Olózaga la causa original de El pastelero de Madrigal, amasé, amoldé y emprendí mi Traidor, inconfeso y mártir. Tenia yo desde que era estudiante un inmenso cariño á este personaje tradicional, y siempre habia pensado hacer de él una leyenda; pero el Ni Rey ni Roque de Escosura habia puesto una insuperable valla ante mi pensamiento. Al ocurrírseme hacer del Rey Don Sebastian y del pastelero de Madrigal uno sólo, concebí que aquel personaje legendario podia transformarse en otro altamente dramático y profundamente misterioso.
Estudié su historia y su tradicion, dormí y soñé con la accion y sus personajes, y cuando la ví clara en mi imaginacion comencé á tenderla sobre el papel: y aquella es mi única obra dramática pensada, coordinada y hecha, segun las reglas del arte: sus dos primeros actos están confeccionados maestramente, y tengo para mí que por ellos tengo derecho á que mi nombre figure entre los de los dramáticos de mi siglo.
Miéntras yo viva no faltará quien me alabe; pero tampoco quien acuse mejor los defectos y la incompletez de sus obras. Váyase lo uno por lo otro; y sea dicho en paz de los que no reconocen en las suyas los defectos de que carecen las mias.
En cuanto tuve escritos mis dos primeros actos, los copié y los cosí, seguro de no tener que variar nada en ellos para concluir el drama: llamé á Julian y se los leí; escuchómelos atentamente, asombróle su forma, enamoróse del carácter del protagonista, que para él destinaba; expliquéle cómo pensaba desarrollar el tercer acto, y prometíselo concluido para la semana siguiente. Entreguéle los dos primeros para que mandara sacar los papeles, y díjome al partir, llevándoselos en el bolsillo:
—Creo, Pepe, que es lo mejor que has hecho.
—Yo tambien lo creo—le respondí—pero...
—Pero ¿qué?