—Nada, nada—le dije—sin atreverme todavía á revelarle mi pensamiento. Miróme un momento sin comprenderme, llevóse los dos actos, desconfiando por el «pero» de que yo concluyera la obra, y yo la emprendí con el tercer acto, del cual no levanté mano hasta darle fin. Volví á llamarle, y tornó Julian á mi despacho; leíle la conclusion, pagóse mucho de su papel, y paguéme yo no poco de que fuera tan de su gusto mi trabajo: entreguésele grandemente satisfecho de lo escrito, y dispusóse él á llevárselo con gran contentamiento y muy lisonjeras esperanzas; pero... detúvele yo, concluyendo nuestra entrevista con este diálogo:
Yo.—¿Vas convencido de que he hecho en conciencia todo lo que he podido?
Julian.—Completamente; y puedes tú quedarlo de que en la representacion haremos cuanto podamos: y si de mi empeño sólo dependiera el éxito...
Yo.—Perdona que te ataje; pero el éxito de este drama no será grande.
Julian.—¿Por qué?
Yo.—Porque tú y yo, como actor y poeta, no somos el uno para el otro. No te amostaces. ¿Crees, ó no, que yo soy tu amigo?
Julian.—Aunque no tuviera más pruebas de tu amistad que esta obra que ya está en mi poder, no podria racionalmente dudarlo.
Yo.—Pues bien, por ser tan tu amigo, te debo la verdad. Creo que no has de salir airoso del papel de Don Sebastian.
Romea era orgulloso y tenia en su talento disculpa suficiente para serlo: al oir estas palabras, áun de su mejor amigo, frunció el entrecejo y encapotó con él su mirada.—Escucha,—seguí yo diciéndole, sin darme por entendido de su gesto ni de su cambiado color—escucha: tú crees que la verdad de la naturaleza cabe seca, real y desnuda en el campo del arte, más claro, en la escena: yo creo que en la escena no cabe más que la verdad artística. Desde el momento en que hay que convenir en que la luz de la batería es la del sol; en que la decoracion es el palacio ó la prision del rey Don Sebastian; en que el jubon, el traje y hasta la camisa del actor son los del personaje que representa, no puede haber en medio de todas estas verdades convencionales del arte y dentro del vestido de la creacion poética, un hombre real, una verdad positiva de la naturaleza, sinó otra verdad convencional y artística; un personaje dramático, detrás y dentro del cual desaparezca la fisonomía, el nombre, el recuerdo, la personalidad, en fin, del actor.