—¿Y qué?—me dijo desabrida y desdeñosamente Julian.
—Que tú eres el actor inimitable de la verdad de la naturaleza: que tú has creado la comedia de levita, que se ha dado en llamar de costumbres: que puedes presentarte, y te presentas á veces en escena, conforme te apeas del caballo de vuelta del Prado, sin más que quitarte el polvo y sin polvos ni colorete en el rostro: pero en estas escenas copiadas de nuestra vida de hoy, dialogadas por personajes que son á veces copias de personas conocidas, que entre nosotros andan, que con nosotros viven y hablan, tú que con ellos vives y que eres de ellos conocido, no estorbas y no pareces intruso. Tú eres Julian Romea y puedes serlo en la comedia actual: pero el drama es un cuadro, es un paisaje, cuyas veladuras, que son el tiempo y la distancia, se entonan de una manera ideal y poética, en cuyo campo jura y se tira á los ojos la verdad de la naturaleza, la realidad de una personalidad: yo necesito un personaje para el papel de mi rey D. Sebastian.
—Y le tendrás, Pepe, le tendrás:—esclamó Julian.—¡Qué diablos de autores! A vosotros os toca escribir y á nosotros representar.
—Eso, eso quiero; que representes, no que te presentes.
—¡Pepe, Pepe! Suum cuique. Porque tú alucinas á tus oyentes cuando lees tus versos, y porque yo mismo te he dado á leer los mios en el Liceo, para que me los luzcas, no creas que sabes mejor que yo lo que es la escena, sobre la cual estoy desde que me despuntó la barba.
—Y estás en ella con derechos de rey: porque eres uno de los de nuestra escena: pero...
—Déjate de peros, y fíate en mí—y partió Julian con el fin de mi drama en la mano: y se ensayó con cuidado, y los actores se encariñaron con sus papeles, y á los pocos dias, á las ocho de la noche de un viernes, para el beneficio de la incomparable Matilde, se alzó el telon sobre la primera escena de mi Traidor, inconfeso y mártir.
Ni la crítica hostil de eruditos apasionados, ni la mordacidad atrevida de medianías envidiosas, me han negado que esta obra me da derecho á tenerme por autor dramático, y el tiempo y la opinion pública han sancionado esta pretenciosa vanidad mia. La exposicion de este drama está confeccionada con todas las reglas del arte, y la presentacion del protagonista preparada con intencionada habilidad. El papel de Aurora estaba confiado á Matilde; yo, seguro de que Julian iba á dejar pálida la figura del rey D. Sebastian, de que no iba á pasar de Espinosa el pastelero, de que iba á seguir su fatal sistema de presentar en el drama la verdad de la naturaleza en lugar de la del arte, y de que iba, en fin, á representar un rey D. Sebastian de levita; y como encariñado y casi fanatizado yo con mi personaje fantástico, habia, prescindiendo á sabiendas de la verdad de la historia por la poesía de la tradicion, hecho del pastelero de Madrigal y del rey portugués una sola personalidad poética, necesitaba que la exuberancia del arte diese relieve á las medias tintas de la verdad de la naturaleza, que la luz de la poesía esclareciera y relevara la sombra que la maciza figura de la verdad iba á proyectar en el paisaje fantástico de la ficcion: y pensé en Matilde, la actriz más poética, sentimental y apasionada que hemos conocido en nuestro moderno teatro Español.
Yo tenia, y espero que se haya comprendido por lo que llevo dicho, mi razon de no escribir para Julian; pero debia satisfaccion á Matilde por no haber escrito para ella, que era la gloria, el sostén y la fortuna del teatro del Príncipe y de los autores que para él escribian. Matilde era la gracia, el sentimiento y la poesía personificadas sobre la escena; su voz de contralto, un poco parda, no vibraba con el sonido agudo, seco y metálico del tiple estridente, ni con el cortante y forzado sfogatto del soprano, sinó con el suave, duradero y pastoso són de la cuerda estirada que vuelve á su natural tension, exhalando la nota natural de la armonía en su vibracion encerrada. El arco del violin de Paganini, al pasar por sus cuerdas para dar el tono á la orquesta, despertaba la atencion del auditorio con un atractivo magnético que parecia que hacia estremecer y ondular las llamas de las candilejas: y la voz de Matilde tenia esta afinidad con el violin de Paganini: al romper á hablar se apoderaba de la atencion del público, heria las fibras del corazon al mismo tiempo que el aparato auditivo, y el público era esclavo de su voz, y la seguia por y hasta donde ella queria llevarle, con una pureza de pronunciacion que hacia percibir cada sílaba con valor propio, y la diferencia entre la c y la z, y la doble s final y primera de dos palabras unidas que en s concluyeran y empezaran. Matilde no se habia dejado seducir ni contaminar con el exagerado y revolucionario lirismo de la lectura y recitacion salmodiada, que Espronceda y yo dimos á nuestros versos, no; Matilde recitaba sencilla, clara y naturalmente, saliendo de su boca los períodos y estrofas como esculpidas en láminas invisibles de sonoro cristal, y los versos y las palabras como perlas arrojadas en un plato de oro.