Matilde hizo y dijo la escena XI del acto primero con la flexibilidad, el primor de pormenores y el raudal de gracia y de sentimiento de que apenas habrán podido dar idea á mis lectores mis antecedentes frases; y al retirarse acompañada de un aplauso general, dejó completa la exposicion, prevenido al público en favor de la obra y enflorada con una guirnalda de poesía la puerta del fondo, por la cual iba á presentarse el misterioso protagonista.
Por ella salió á escena Julian, perfectamente vestido, pintado y con su papel concienzudamente estudiado: pero salió Julian; presentó y no representó su personaje. Si yo hubiera podido evocar y resucitar al verdadero juez Santillana, hubiérase vuelto á apoderar de aquel verdadero Espinosa, confundiéndole con el que él hizo ahorcar; pero para el público tenia algo de la sombra; le faltaba voz, movimiento, fisonomía, relieve, poesía. Julian hizo sus escenas del primer acto con el capitan y con el alcalde con una exactitud, con un aplomo, con una verdad intachables para los palcos de proscenio y las dos primeras filas de butacas: la sala no pudo apreciar su perfecto trabajo escénico; y al caer el telon, no se oyeron mas que algunas palmadas sin consecuencia. Quedó en el público el recuerdo de Matilde y la curiosidad que habia excitado la exposicion.
En el segundo acto, un nuevo actor vino en refuerzo de Matilde: Barroso. Era éste un mozo sevillano, de los que vinieron á inocular en la corte la sávia andaluza de los Pachechos, los Saavedras y los Perez Hernandez con Bermudez de Castro, Tassara, Sartorius y otros buenos ingenios, cuyos hechos y escritos contribuyeron honrosamente al progreso literario y político de aquella época. Antonio Barroso era poeta; pero habiéndose presentado en el teatro privado del Liceo con Ventura, Marrací, el marqués de Palomares y demás sócios de la seccion de declamacion, concluyó por consagrar al teatro su talento nada vulgar, á consecuencia de los aplausos allí obtenidos y de la buena acogida que de Romea obtuvo. A Barroso habia yo, pues, confiado el ingrato y difícil papel del Alcalde Santillana; tan ganoso yo al dársele de probarle mi amistad y la estima en que le tenia, como él de abordar, estudiar y probarse en un carácter que podia colocarle en muy buen punto de partida para su carrera dramática, y muy alto en la consideracion del público si acertaba á desempeñarle con éxito. Era Barroso un mancebo de buena estatura, cenceño y nervioso, de cabeza pequeña y rubia, pero de aguileño perfil y límpidos ojos y correctamente colocada sobre los hombros.
Suelto de modales, como hombre bien educado, de buena memoria y comprension perspicaz como sevillano y confiado en el porvenir por esa esperanza inconsciente que hace atrevido á todo talento meridional, Barroso estudió, preparó y vistió su papel con tal esmero, que se identificó con el personaje que representaba. Con su toga y su golilla, sus vuelillos de encaje y su junco con cabos de plata, encuadró tan poéticamente su figura severa y su carácter odioso en contraposicion del sencillo y virginal del de la Matilde, que desde su primera escena resaltó como sombra negra é infernal de aquella blanca y celeste aparicion, entre cuyas dos figuras iba á pasar desde la hostería al patíbulo aquel otro vago, misterioso y casi indeciso fantasma del perpétuamente acusado y jamás reconocido soberano pastelero de Madrigal.
Barroso en la escena VI secundó y sirvió de apoyo á Julian con la atencion perpétua de su maestra ejecucion; desarrolló tan á tiempo y alternativamente su doble carácter de juez y de reo con el marqués de Tavira y con Espinosa, que preparada magistralmente la escena XI endecasílaba, pudo desplegar en ella Matilde toda la ternura de su corazon, toda la poesía de su amor recóndito, y toda la grandeza de su incondicional abnegacion; en un juego escénico tan infantil como apasionado, con un acento de castísima ingenuidad, con una declamacion tan impregnada de sentimiento y unas inflexiones de voz tan melódicas, tan suaves y tan variadas, que encantó, enterneció, fascinó y exaltó al público, arrancándome á mí las lágrimas: á mí, poeta entusiasta y satisfecho, que escuchaba por primera vez mis versos de su boca, como si estuviera oyendo arrullar á una paloma enamorada de un ruiseñor. El arte de Matilde reverberó con tal intensidad, rebosó tan profusamente sobre la verdad de Romea, que envuelta y arrebatada en la poesía de Aurora, concluyó la escena en universal aplauso.
En el acto tercero, Barroso tomó creces tan imprevistas ante la seguridad de su éxito y la esperanza de su porvenir, que comenzó desde la primera á dominar la escena con su atencion nunca distraida, su figura siempre en cuadro, su exactitud en las entradas, su creciente juego escénico segun sus pasiones; la supersticion, el miedo y la ira se iban desarrollando y apoderándose de su espíritu. La escena sétima entre Aurora y Santillana no tiene descripcion; el recuerdo de una ribera donde yo cogia
yerbezuelas y conchas, del rugiente
mar que sus ondas sin cesar mecia,