—Mi ausencia será corta, pues mi cuñado trata de realizar su negocio, y nos volveremos en seguida; entretanto he dejado bien gratificado al guarda, con promesa de aumentar el premio, si á mi vuelta encuentro en perfecto estado el pequeño jardín que sombrea los dorados caracteres que señalan sobre el mármol el nombre de mi padre.

Enriqueta al pronunciar aquellas palabras se quedó callada, vagando su mirada por el Océano en cuyo majestuoso desierto quizá evocaría su querida memoria. Hay silencios que deben respetarse. Enriqueta por largo tiempo no separó sus negrísimas pupilas de las azules ondas, cuya movible superficie retrataba las cenicientas nubes que preceden á la noche. Esta bien pronto nos envolvió con sus sombras.

—¿Conoce V. la provincia de Albay?—dijo Enriqueta rompiendo el silencio.

—No, señora; es la primera vez que voy á ella, y lo hago como el que nada busca ni desea.

—Ya deseará y buscará.

Yo no pude sondear toda la intención de aquellas palabras.

—¿Y piensa V. describir su viaje?—añadió Enriqueta.

—No pienso escribir una línea más. Todos los hombres nacemos con una cruz que llevar y un calvario que recorrer, la cruz del escritor es muy pesada y su calvario muy largo, así que creo imposible el que vuelva á emprender tan espinoso camino.

—Creo haber oído ó leído no sé en donde, que la palabra imposible no estaba en el diccionario español.

—Si V. la borra del mío, de seguro no estará—repliqué no con malicia sino con ingenua seguridad.