—De modo que si yo borro esa palabra, no habrá imposible para V.; pues bien,—me dijo con gran viveza,—queda borrada, escriba V.

—¿Lo manda V.?

—Si tuviera derecho para ello lo mandaría; Como no lo tengo solo me limito á expresar un deseo.—Al decir esta última palabra, sin duda creyendo había ido más allá de lo que se proponía, se levantó, dándome las buenas noches, al par que me tendía una de sus manos.

—Puesto que V. me manda que escriba, escribiré—la dije, reteniéndola un momento,—y es más, la prometo que el primer ejemplar de mi nuevo libro será para V.

—No lo hará V.

—Juro que sí.

Al alejarse Enriqueta de mi lado experimenté un triste vacío dentro de mi alma.

A los pocos momentos oí se cerraba su camarote.

Dormí aquella noche, pero no cual la anterior: soñé que Enriqueta y yo arrancábamos juntos las gramas de la tumba de su padre.

* * * * *