—Y bien, si no me explicas lo que es la prestación personal, poco podré saber por lo que veo.

—Puesto que no tenemos prisa y hay tiempo, sentémonos bajo un árbol y teórica y prácticamente podrás apreciar esa cuestión tan debatida en la prensa y en los proyectos, llamada prestación personal. Todo indio—dijo mi amigo encendiendo un cigarro,—tiene derechos y deberes con relación al Estado y á la provincia en que vive, estando entre los deberes el de trabajar cuarenta días [4] dentro del año, en la jurisdicción de su pueblo. De este trabajo están exceptuados los privilegiados por sangre, por inutilidad ó por edad. No habiendo ninguna de estas circunstancias, todo indio que cumple los 18 años debe trabajar hasta que llega á los 60, los cuarenta días en beneficio de la circunscripción del pueblo en que está avecindado. El indio pudiente que no quiere trabajar puede redimirse, y en este caso la ley le admite dicha exención mediante una cuota. La redención puede ser total ó parcial, la primera se adquiere pagando 3 pesos, al principio del año, llamándose esta contribución exención de polos. Veamos ahora la parcial, ó sea la redención por días llamada falla. [5] El cabeza de barangay una vez que hay dispuesto un trabajo, anuncia con tiempo á sus polistas el día que han de salir á hacerlo, y el que quiere redimirse de él da 12 cuartos y con ellos paga su jornal.

—Pues no exigiéndose más de 12 cuartos y pagando, como en esta provincia paga, el particular á 40 ó más el jornal, desde luego se supone que todos los indios se rediman, bien por año ó bien por días,—objeté yo con la mayor candidez del mundo.

—Pues ahí verás tú, sucede todo lo contrario, y cuesta un triunfo el poder llevar algunas fallas á las cajas de la provincia. La prestación personal es uno de los asuntos más dignos de estudio, y sin embargo, casi puedo asegurarte que es el que menos se ha profundizado. Se juega continuamente con una serie de palabras, cuyos significados constituyen los verdaderos ingresos de la colonia, y sin embargo no se llega á definirlas en la practica en su verdadero valor. Mucho se habla de economía política, de proteccionismo y de derechos y deberes; pero pocas, poquísimas veces, vemos que se aquilaten en lo que significan, en lo que son y en lo que pueden ser las palabras prestación personal, polos, fallas, comunidad y subsidio y tanorias y guardias, palabras en las que se juegan una porción de millones y en las que se encierran todas las obligaciones del indio en la esfera gubernativa, pues en la administrativa tiene otras que tienden de día en día á regularizarse. Un administrador de Hacienda sabe perfectamente cuánto debe ingresar un pueblo por concepto de tributo, lo mismo que el párroco conoce al centimaje la cantidad que á su iglesia corresponde por concepto de santorum; en cambio, los cálculos en las oficinas de fondos locales jamás podrán ser ni aun aproximados en la cuestión de fallas mientras dure el actual sistema. No pudiendo fijarse cifras, dime si hay calculo posible, ni presupuesto aproximado, y dime asimismo si esta cuestión no merece la pena de que se estudie de una vez, se discuta, se analice y se vea la forma y manera de que obedezca á reglas y principios fijos. Ves esos individuos, ¿qué hacen? pasar el tiempo lo mejor posible. ¿Ves aquel que lleva una esportilla? ¿qué ha hecho en la media hora que llevamos aquí? casi nada. ¿Qué ha hecho aquel otro que tiene por toda herramienta de trabajo una caña afilada? remover dos puñados de tierra y levantar un poco de polvo. ¿En qué se han ocupado aquellos otros, que no tienen herramienta alguna? en extender con los pies un poco de arena. ¿Es esto trabajo, es esto beneficio?

—Poco es en efecto—repliqué yo.—¿Pero á esa gente no se la vigila? ¿Por qué no se la reglamenta?

—Tá, tá, tá,—dijo mi amigo,—y al vigilante, ¿qué le importa que trabajen ó no? ¿Es suyo el camino? No, ¿pues entonces? ¿Sientes á nuestra espalda el ruido de la cuchilla del beneficiador de abacá, ó sea el jornalero que paga el particular? Pues bien, á ese bracero nadie le ha preguntado quién es cuando llegó esta mañana á ese late, cogió una herramienta, cortó un pono, limpió sus hebras, las acumuló con las de otros y al caer el sol colgará de la romana el montón de blanco filamento, y ya sabe que si ha beneficiado una arroba, media es suya, recibiendo en el acto el precio de su trabajo. Por bajo que esté el valor del abacá, siempre puede ganar un bracero más de 30 cuartos. ¿Por qué, pues, esos 300 hombres no prefirieron esta mañana al amo que les da 30 ó más y sí al que solo les data 12? La contestación la tienes sobre el terreno. El obrero del Estado trabaja poco ó nada, el obrero del particular, por el contrario, trabaja mucho y duro. Hace falta, muchísima falta, escribir menos y observar en la práctica mucho más.

—De modo que si tú algún día hablaras sobre este particular con el
Ministro de Ultramar, por ejemplo, ¿qué le dirías?

—Pues le diría lo siguiente. Las fallas, tal como hoy existen, perdieron toda su razón de ser en el mero hecho de que no responden á la idea del que las creó. Antiguamente todas las obras de las provincias las hacía el fraile ó el Alcalde con el trabajo personal, ó sea la antítesis de la falla; entonces se hacían obras que requerían trabajo duro, constante y pesado; antes la vigilancia podía hacerse porque se localizaba el trabajo en un punto dado al que podía llegar la inspección; antes un fraile decía á un Alcalde, ó un Alcalde á un fraile, vamos á hacer una iglesia, como San Agustín por ejemplo, ó un puente como el de la Perseverancia, pongo por caso, y tras aquellas palabras, ni más papeles ni más expediente, se abría á las pocas horas un cimiento por la piqueta de la prestación personal, cuya prestación personal no dejaba la obra hasta que fijaba en su punto mas culminante una sencilla cruz con el añejo «Finís coronat opus». El trabajo personal entonces era una verdad, se circunscribía al círculo de los muros de un convento ó al espacio que separan los estribos de un puente, y la prestación personal perfectamente vigilada sabía que desde formar el horno para hacer la cal hasta cepillar el último trozo de madera, todo lo había de hacer. Con esto, dicho se está, que fallaban cuantos querían los encargados de la obra. Faltaba dinero para el hierro, por ejemplo, pues se admitían fallas y se cubría en seguida la cantidad. ¿Pasa hoy esto? No, hoy la prestación personal está reducida á la recomposición de los caminos, á la construcción de escuelas y cuarteles, obras que necesariamente han de ser insignificantes, pues que son de materiales ligeros, y á la limpieza de las calles. Hoy para hacer una alcantarilla se necesita por lo menos un ingeniero, un teodolito, media docena de banderolas, unos cuantos metros de papel tela, un plano, un proyecto, un expediente y un estuche de matemáticas. Hoy, añadiría al señor Ministro de Ultramar, es preciso variar la forma de ser de la prestación personal, y para hacerlo y hacerlo con cordura es preciso oir antes no á los que la conocen en teoría, sino á los que han tenido necesidad de estudiarla y bregar con ella en la práctica en sus menores detalles. De cada una de las órdenes monásticas se podría designar por sus provinciales un individuo de los que siempre han ocupado curatos en provincias, pudiéndose nombrar por el Gobierno general cuatro Gobernadores de los de más antigüedad en el país, formada esta Junta se les pediría informe sobre el asunto y con este primer elemento se vendría á una buena reforma. Muchas más cosas le diría al señor Ministro de Ultramar sobre el particular, pero estas muchas cosas se las diría de silla á silla y como S.E. no puede hacerme el honor de dejarme acercar la mía á la suya por razón del charco [6] que las separa, de aquí el que renuncie á decir más por hoy.

CAPÍTULO X.

Legaspi.—Correrías moras.—El comisario Juan.—Un viejo uniforme y una alma grande.—Cuatrocientas orejas moras.—Estadística.—El Tribunal, la iglesia y la casa parroquial.—La imagen de San Rafael.—Un deportado de tiempo de Narvaez.—El literato Fernández.—Alguaciles y maitines.—Las leyendas del Capuntocan.—Teatro bicol.