Fuera de la vida comercial poco notable tiene Legaspi de que podamos ocuparnos. El Tribunal, la iglesia y la casa parroquial son pobrísimas, sin razón de ser que justifique semejante pobreza, puesto que su municipio lo forman no pocos mestizos ricos; y en cuanto á la iglesia, baste decir que en ella se venera una célebre imagen de San Rafael, que viene á representar no solo para la provincia de Albay, si que también para otras de Luzón y aun de Visayas, lo que la Virgen de la Paloma es para los madrileños ó la de Antipolo para los manileños.
Las deportaciones de Narvaez, llevaron bastantes individuos á la provincia de Albay, en donde la mayoría de ellos se casaron y no pocos hicieron su fortuna. En Legaspi, vive un antiguo deportado maestro constructor de coches, que en sus ratos de ocio se dedica á la literatura. Jamás hemos podido amalgamar la pueril inocencia, hábitos pacíficos y bonachón carácter de aquel deportado, con los antitéticos que debían delatar al conspirador; y en efecto, esta es la bendita hora (y cuidado que han pasado unas pocas), que no ha podido averiguar el bueno de Fernández el por qué una noche que se retiraba á su casa después de rezar unos tiernos maitines en San Ginés, le echaron mano los alguaciles encontrándose al cabo de once meses de navegación en pleno Filipinas.
El pueblo que nos ocupa, como todos los indios, tiene sus correspondientes leyendas, fijando la tradición popular una de ellas en las cuevas que á la derecha del pueblo abren hueco en las entrañas del Capuntocan. Se cuenta que en estas cavernas habita encerrado un genio enamorado de una diosa, que á su vez llora ausencias amarrada á las peñas del Griñong de Albay, atribuyendo aquellos naturales que este cautiverio durará hasta que rompa las cadenas el gran monstruo que habita en las profundidades del volcán.
Yo no sé si las aficiones poéticas de Fernández habrán influído en las del pueblo; pero lo cierto es que sus vecinos prefieren el teatro bicol á toda otra diversión, y puesto que nos encontramos en lugar á propósito para tomar del natural un cuadro de costumbres indígenas no desperdiciemos la ocasión.
CAPÍTULO XI.
Talía á la luz de un juepe.
Encontrándome en Legaspi supe que con motivo de aproximarse el pintacasi de dicho pueblo, bullía en las munícipes cabezas, entre otros obsequios, dar una comedia, utilizando únicamente los elementos del pueblo. Tan luego supe semejante proyecto, me propuse seguirlo paso á paso, aun cuando tuviese que detenerme en Legaspi los dos meses que faltaban para la fiesta, y al efecto alquilé una casita inmediata á la que habitaba la respetable persona del Gobernadorcillo, quien en tales casos es empresario, director de escena, y hasta algunas veces autor y actor, siendo, por lo tanto, su casa templo obligado de Talía, y su persona su primer sacerdote.
Al segundo día de ser vecino del más alto de los munícipes, adquirí amistades con la respetabilísima y nunca bastante cantada mi señora Doña Tintay, Capitana en ejercicio, moza ya entrada en años, de anchas caderas, gran verbosidad, gran fama como matrona y gran influencia como legítima esposa, de legítimo matrimonio con el Gobernadorcillo del pueblo de Legaspi, el Sr. Tenten, con quien hacía treinta años compartía en paz y en gracia de Dios la distinción de Cabeza, primero, llamándose entonces Cabezang Tintay, la dignidad de Teniente mayor después, en que pasó á ser Tenientelang Tintay, y la majestad de Capitán más tarde, en que cambió todos los anteriores calificativos por el nuevo y retumbante de Capitana Tintay, capitanía que ya jamás abandonará, pues aun cuando su consorte se despoje de la recortada y negra chaqueta y de los tiesos y blancos faldones que le dan carácter, sustituyéndolos por los remangados calzones y la abierta camisa del sementerero, Tintay seguirá siendo la Capitana Tintay.
Las cañas del batalan de la casa de Tintay y las de la mía, no digamos que se besaban, pero sí se arañaban unas á otras.
Tintay salía con frecuencia al batalan, yendo unas veces en busca de menesteres de una casa arreglada, y otras á hacer menesteres ajenos á la casa. Siempre que la Capitana se hacia visible procuraba serlo yo, y cuando esto ocurría cambiábamos recíprocos cumplimientos, que solían terminar con un chiquirritín buyito, que ella me daba, y un negro y retorcido tabaco de Arroceros, que la daba yo. Tintay mascaba tanto como Tenten, con la diferencia que este tenía siempre la boca llena de buyo, mientras que su cara mitad se las arreglaba con las hojas de Cagayan.