Una de las tardes en que Tintay asomó su arrogante figura al batalan, noté en ella ese embarazo propio de toda india que quiere pedir algo á un castila. Primero, me dijo deseaba dar un rato de conversar conmigo; después, y antes de darme nada, abrevió varias veces los nombres de la Sacra Familia, lanzando, como por vía de exordio, dos ó tres «Osus-María-seff,» hasta que por último, entró en materia, y en materia muy de mi agrado, pues se trataba nada menos que de la proyectada comedia. Tintay, fundándose en que los urofeos somos muy masiados en esto de comedias, me rogaba tuviese un poco no más de paciencia con ellos. Este poco me pareció de una magnanimidad más grande que la de Job; pero á trueque de profundizar todos los misterios de los bastidores bicoles, la prometí tener á su disposición, no un poco, sino toda la paciencia que me pidiera. Hecha mi oferta, me dijo Tintay que aquella noche me esperaba, pues se iba á conversar de la funcia.
Más exacto que un cronómetro, me presenté en la casa de Tintay, quien tanto ella como su marido me recibieron con grandes muestras de contento. Después del consabido siente V. primero, frase en que el indio condensa y sintetiza todas nuestras salutaciones, me hice cargo de cuanto me rodeaba. En la sala había una veintena de Adanes y una mitad de Evas. Ellas y ellos, según supe más tarde, componían lo más azul de la sangre del pueblo. Me río yo de toda la gravedad del Reistag alemán, de toda la seriedad de los Comunes de Inglaterra y de todo el estiramiento de la Puerta Otomana, ante la cómica gravedad que respiraban todas las candongas de las ñoras y toda la tiesura y almidonamiento de los faldones de los munícipes.
Capitán Tenten abrió la boca y en perfecto bicol dijo á la reunión que la derramita que había echado para obsequiar al pueblo había dado 700 pesos, los mismos que guardaba en su arca su digna esposa.
Lo del obsequio y lo de la digna esposa no lo entendí bien al principio, más luego lo fuí comprendiendo tan perfectamente que casi casi me atrevía yo á hacer todos los meses un obsequio como aquel. En cuanto á lo de digna me explicaron que en juntas solemnes como aquella, el capitán siempre que tiene que nombrar á su mujer lo hace anteponiendo un adjetivo más ó menos respetuoso.
Una vez que aquella alta Cámara aprobó, como si dijéramos, la orden del día anterior, que eran los 700 machacantes, se entró de lleno en la del día que era la Comediajan. La discusión fué larga y templada, y aunque las representantes del sexo débil abusaron de la palabra, no se oyó una más alta que otra, viniendo todas á un perfecto acuerdo tan luego como la digna Tintay lanzaba por entre olas de negra saliva su consabido osus-María-seff.
Se trataba de representar una comedia y ni había cómicos—y no cómicos así como se quiera, sino cómicos que habían de resistir ocho ó diez noches seguidas de función,—ni había teatro, ni atrezzo, ni autores, ni obra, ni apuntador, ni nada absolutamente de cuanto hace falta para el más modesto templo de Talía, pero esto para nada preocupa la imaginación del indio que formula un deseo, siendo verdaderamente asombrosa la facilidad con que crea, remedia, adiciona ó remienda cualquier proyecto. Habían dicho que habría comedia y aun cuando nada tenían, de seguro se representaría.
El primer punto que aquella noche se puso á discusión fué la designación de señoras—nombre que dan los bicoles á las actrices.—Aquí no podemos menos de hacer la salvedad—pues es de hacer,—que el capitán de un pueblo cuenta en absoluto con todas las voluntades, así que no hay temor de que al señalar á fulana ó á mengana reciba un desaire.
Una vez aprobado que la comedia precisamente había de tener una reina cristiana, una emperatriz mora y tres princesas neutras, se recorrió todo el personal de dalagas del pueblo, conviniéndose por último en que la cristiana había de ser Pupen, guapa y robusta mocetona de 17 abriles, muy á propósito para representar toda la altivez de una princesa cristiana. Para la mora hubo un poco de discusión, opinando unos que Acay era más á propósito que Beten y otros lo contrario, pero la opinión se decidió por la última, ante la justa observación del Directorcillo, quien dijo que la mora tenía que ponerse calzoncillos muy cortos y las pantorrillas de Acay eran muy delgadas.—Como se ve, aquel Directorcillo presiente el porvenir de los Bufos en el extremo Oriente.—Para las tres princesas no hubo dificultad alguna, en que lo fueran Momay, Ganday y Gisan. En la elección de las cinco señoras supe se había tenido un especial cuidado en escoger dalagas de lo más mabansay del pueblo.
La elección de reyes, príncipes y emperadores la dejaron hasta conocer toda la partida que requiriese el argumento.
En esta clase de espectáculos no visten y costean los trajes de las actrices sus familias y sí las que designa la junta, quien tiene un especial cuidado en dar de vestir á las casas más pudientes del pueblo. Se escogieron las cinco, cuyos dueños, que estaban presentes aceptaron sin objeción alguna, y acto seguido se procedió á nombrar director de escena, director de magia y director compositor. Para el primer cargo se nombró al Juez mayor de policía, cuya obligación se reducía nada más que á construir teatro, adornarlo, iluminarlo y darlo listo: la magia quedó al cuidado de la experiencia del vacunadorcillo y el proporcionar comedia fué encargo que se hizo al Directorcillo, á quien por un favor especial se le agregó el maestro, sin duda para que en sus conocimientos de letras llevase la censura y corrección de la obra. En cuanto á la alta inspección de todo, quedaba, como era consiguiente, á la experiencia de Tenten y de su digna Tintay.