Media hora empleamos en llegar al pie de la roca. Media hora de brega, que fué muy penosa por tener que salvar extensas cadenas madrepóricas, cuyas pintadas crestas salían á la superficie de las aguas á mostrar su belleza al astro del día, cuyos candentes rayos vivifican los miles de mundos de lo infinitamente pequeño que se agitan en los calizos tubérculos madrepóricos.
La voz del patrón de alto los remos, y la dada por el que mandaba el bote de safa escalas, indicaron la faena de atracar, difícil en extremo por lo terso de la roca, cuyo perpendicular tajo descansaba en un acantilado fondo sobre el que pesaban dos varas de agua. Estábamos bajo la peña.
A ocho metros sobre el nivel del mar se hallaba la grieta, que según nuestro práctico, daba entrada á la Cueva de las Calaveras. Imposible parece que la muerte pudiese buscar un sitio más imponente, más agreste, más inhospitalario y más misterioso que aquel calcinado monolito que se mantiene en pie por un prodigio de equilibrio, evitando su desmoronamiento innumerables baletes, cuyas retorcidas y múltiples raíces constituyen otros tantos eslabones que encadenan una por una las infinitas grietas que el tiempo y las aguas han ido corroyendo en aquel fantástico sarcófago, á cuya entrada brama de continuo la salvaje voz del gran Pacífico.
Lo agreste y bravío del panorama que teníamos á la vista nos había tenido á todos largo tiempo en suspenso, contemplando las obras de Dios, á quien con nuestro silencio elevábamos un canto de admiración, viendo en aquellos momentos en la majestad divina, no al Dios que premia y castiga, sino al Dios artista que crea y combina maravillas elaboradas en los misterios impenetrables de las absolutas y supremas bellezas.
Lo que en nosotros era admiración, en los indios era un terror visiblemente marcado en sus bronceados semblantes y en la estupefacción de sus miradas.
Las escalas se encontraban fuera del bote, pero ninguno de los indios se atrevía á fijarlas en la roca.
—Vamos, muchachos—dijimos por último,—colocar las escalas y no tengáis miedo alguno.
—Dispense, señor—contestó el patrón,—pero esta gente dice que antes de tocar la cueva necesitan hacer ofrendas al espíritu de la muerte para que les libre de todo mal.
El permiso fué otorgado; la marinería encendió teas resinosas, proveyéndose antes unos de bombones de caña y otros de chiretas de coco, colocando en aquellos y en estas aceite y morisqueta, que habían de dejar como ofrenda dentro de la cueva, habiendo hecho previamente una protesta á la luz de las teas, reducida á implorar al espíritu de la muerte y hacer constar que si ellos llegaban hasta su mansión, era contra su voluntad, obedeciendo los mandatos del Castila. Nosotros asumimos toda la responsabilidad de la protesta, dándoles aliento y explicándoles que ninguna cosa mala tratábamos de hacer; y merced á nuestras últimas exhortaciones, conseguimos que se colocaran las dos escalas, por las que trepamos con la avidez del que busca un tesoro. Tras el último peldaño se nos mostró el interior de la caverna. Las paredes, las bóvedas y el suelo constituían la realidad del más fantástico de los sueños de Las mil y una noches. La abertura de la cueva daba entrada á luz bastante para que apreciáramos todos los detalles. Por efecto de una constante elaboración de miles de años, habían formado las filtraciones en la masa calcárea extraños y monstruosos grupos silíceos, resguardados por las cortadas y dentadas puntas de las estalactitas que amenazaban nuestras cabezas, y las de las no menos irregulares estalacmitas, que unas veces alzaban sus brazos para acariciar á sus hermanas y otras atormentaban nuestros piés con sus tajadas crestas.
En todos los huecos de la peña había depositados gran número de restos humanos. ¿Quién los había colocado allí? ¿De qué raza procedían? Preguntas son estas que cada uno de nosotros formulaba en su interior, buscando una contestación en las descarnadas cuencas de los amarillos cráneos.