El silencio y la muerte nos rodeaba en aquella misteriosa Necrópolis. Nuestra misión al llegar hasta aquel lugar de eterno descanso, lo alentaba el deseo de ser útiles á la ciencia, arrancando algún secreto de informes restos de generaciones pasadas, á fin de añadir una página más á la gran obra de los estudios antropológicos; y sin embargo de tales aspiraciones, permanecimos por largo tiempo sin que se alargaran nuestras manos á coger ninguno de aquellos restos, pues al tocarlos creíamos profanar la historia de una raza entera sumida en el olvido de la eterna noche de los tiempos.
A la grandiosidad de la muerte se unía la grandiosidad del misterio. Nuestras manos al fin cogieron un cráneo. Su extraña configuración nos hizo dudar si procedería de las humanas razas; más nuestra duda fué momentánea tan luego lo examinamos. El grandísimo aplastamiento de aquellos nos corroboraron una vez más procedían de antiguas tribus malayas, en cuya raza había algunos individuos que á sus hijos recién nacidos les oprimían el cráneo con tablillas, cuya presión les daba la extraña configuración que teníamos á la vista.
Esta versión es tanto más fundada, cuanto que los únicos ejemplares de calaveras que se conocen de esta clase proceden de los sitios donde sentaron sus aduares las razas amarillas. En Filipinas, ni la tradición ni la historia da el más ligero rayo de luz que ilumine esa raza que indudablemente vivió en sus bosques, guerreó en sus praderas, y por último se extinguió en su suelo, buscando antes retiradas guaridas donde dormir el sueño eterno.
Tres horas largas hacía que permanecíamos en la gruta sin apercibirnos del calor ni del cansancio. Cada uno de nosotros tenía un pico ó una barreta, y solo nos ocupábamos de ir amontonando los objetos que cada cual hallaba en los desmoronamientos que producía. Había, sin embargo, que descansar, pues nuestros brazos se negaban á los deseos de nuestro espíritu.
Dada la voz de descanso, registramos los hallazgos, encontrándonos con una riquísima colección para el estudio de las ciencias antropológicas [7].
Sabido es, que entre la mayor parte de los pueblos del Oriente hay la creencia de que la muerte es solo un viaje, para el que se hacen distintas provisiones; esta creencia nos hizo adquirir antiguos fragmentos de distintas ollas y platos rotos, sin duda alguna por los desprendimientos de la roca. Una aljorca ó brazalete hecho de la medula del Manatí, que componía parte de nuestro hallazgo, nos dió el último dato para robustecer la creencia de hallarnos ante restos malayos. Dicho brazalete constituía entre aquellas razas un alto signo de distinción que solo podía usar el guerrero que daba cima á una acción heróica. El aro es de una sola pieza, y el introducirlo en la muñeca constituía muchas veces una dolorosa operación. El expresado brazalete, una vez ajustado, no podía sacarse, y el que había logrado tal distinción, lo llevaba á la tumba.
La presencia de aquel signo, vino asimismo á robustecer la creencia de que el aplastamiento del cráneo se permitía solo á las familias nobles, creencia que tiene un fuerte apoyo en las deformaciones chinas, en cuyo pueblo solo es dable á la clase noble ostentar, no el pie pequeño, como vulgarmente se cree, sino la especie de muñón á que reducen el pié por medio de compresas que concluyen por quitarle en absoluto su forma á costa de grandes sufrimientos, que las aristocráticas chinas conllevan con gran resignación, á trueque de mostrar al mundo una ejecutoria de nobleza adquirida á fuerza de apretones. El origen de semejante distinción se cree fué causa la deformación natural que tuvo en los piés una antigua princesa china, quien al ver que ella con ser hija del sol cojeaba, y sus damas siendo hijas de simples mortales, no daban más que algún que otro traspié, ideó el medio de que en la celeste corte femenina, ninguna anduviese derecha, introduciendo el uso de la reducción de los piés por medios artificiales.
Quién sabe si los causales de aplastarse el cráneo tendrían semejante origen, pues aceptada la absoluta sumisión en que vivían las antiguas razas con relación á su jefe, todo es de creer. De modo que no sería extraño que alguno de aquellos antiguos caballeros, que no por ir en el traje de la inocencia dejaba de serlo, quedase chato de cráneo, merced á algún golpe de maza, y en tal estado, se levantase un día con más presión en el cráneo que de ordinario, imitando á la celeste princesa, si bien en opuestos extremos. La hija del sol diría á sus damas: «Señoritas, desde hoy ninguna me ha de andar derecha;» el fosco guerrero, por el contrario, les diría apoyándose en la clava, para dar mayor fuerza á la dolorosa innovación: «¡Guay de vosotros si la venidera luna no os encuentra dos veces chatos!» Todo esto será más ó menos exacto, pero convengamos en que pudo ser, pues no todo lo antiguo ha de tener su origen en la filosófica madurez de tal ó cual necesidad.
Yo respeto—por más que me sea doloroso—la teoría de Darwin y hasta sería capaz siguiendo su sistema, de decirle á un gorilla de América—vamos pariente pase V. y tome asiento—por lo tanto quien tales ánimos tiene, bien puede abrigar la posibilidad de lo expuesto, no cabiendo, como no cabe duda alguna de que los cráneos encontrados procedían de antiguas razas cuyas deformidades eran producto de voluntarias y artificiosas operaciones, ¿á qué móvil obedecería la voluntad en tales casos? ¿Al mandato, ó á la vanidad? ¿Sería la deformación un signo de raza ó de nobleza? Interrogaciones son estas que solo con hipótesis contestan las generaciones presentes.
Jadeantes, rotos y hambrientos dirigimos la última mirada á la bóveda del calizo sarcófago, jamás hollado hasta entonces por planta europea, comprendiendo el placer de la libertad al divisar por la abertura de la peña las azules ondas que no encuentran dique hasta besar las arenas de las americanas playas.