Estas ceremonias se simplifican si los novios son pobres, en este caso solo hay la petición, el convite de boda, y el rapto.
En los entierros se observa el siguiente ceremonial. Tan luego espira un individuo de aquellas razas se busca un tronco de la palma llamada Hagol, se le deja solo la corteza resultando un ataúd cilíndrico dentro del que colocan el cadáver, y después cierran los dos extremos de aquel tronco hueco con tablas que calafatean con resina blanca. Hecha esta operación colocan el féretro en el centro de la mejor habitación de la casa y principian las fiestas que duran mientras tiene dinero que gastar la familia. Concluídas las fiestas se abre una fosa al pié de la misma casa, y el pariente más inmediato del difunto coge el onlong ó sea un manojo encendido de hojas secas, y con él sahuma el hoyo á la par que pronuncia estas palabras sacramentales. Day canama olang padagoson moan simong lacao que quiere decir, nadie más te detenga, prosigue en paz tu camino; palabras que se repiten mientras se llena la fosa de tierra y plantas olorosas.
Sus creencias religiosas las basan en la aceptación de un ser superior á quien llaman Magnagurang. La música y el fuego forman parte de sus ceremonias religiosas. El dumago, ó sea una invocación á los antepasados, de tonos tristes y melancólicos, se canta con acompañamiento de guitarra; otras veces al canto acompaña el baile, llevando las bailarinas sobre la cabeza el tolodan, ó sea un plato grande de barro conteniendo un gallo desplumado y sin intestinos: este baile se verifica en medio de grandes fogatas que rodean á los bailarines.
Cerca de Tiui se alza majestuoso el Putianai, escabrosísimo monte á cuyas últimas cresterías han llegado poquísimos.
Quizás, y sin quizás, no habrá en toda la isla de Luzón una maravilla geológica como la que se admira en los renombrados manantiales que se hallan á 2 km. de Tiui. Estos manantiales se elevan en medio del río, formando caprichosos surtidores cuyas aguas en ebullición caen entre nubes de espeso humo en las ondas del río.
Si bellas son las solfataras del río, bellísimos lo son sus vecinos manantiales incrustantes de Maglagbong. En el sitio así llamado solo había hasta 1827 pequeños pozos; hoy se admira en el centro de una explanada exenta de toda vegetación y en la que fatídicamente resuenan los pasos del viajero, un pequeño lago de aguas tan purísimas y trasparentes, que permiten examinar su fondo y paredes, tapizadas de las más vistosas y caprichosas formaciones silíceas que puede forjar la imaginación. Aquella belleza en el fondo y quietud en la superficie envuelve un horrible peligro, pues desgraciado el ser que fascinado en aquellas calcinadas y movedizas arenas cayese al lago; su muerte sería inevitable. Las aguas son tanto más engañosas cuanto que ni desprenden humo, ni forman el burbujeo que señala la ebullición, y sin embargo, fuegos invisibles alimentan constantemente aquella inmensa caldera. Muchísimas páginas podríamos consagrar á los manantiales de Maglagbong, pero nos vamos á limitar á transcribir lo que de ellos dice el sabio naturalista alemán Mr. Jagor: «No lejos de Tiui (escribe aquel en sus Viajes por Filipinas), y exactamente al E. de Malinao, hay una débil sulfatara llamada Igabó; en medio de una pradera rodeada de árboles se abre un claro de forma oval, próximamente de 100 pies de largo por 70 de ancho. Todo el espacio está cubierto de piedras del tamaño de la cabeza y mayores redondeadas por la erosión; rompiéndolas se ve su estructura concóidea, pues se separan delgados mantos concéntricos, el núcleo es gris y lo forma la traquita. En algunos puntos brota del suelo agua termal, que, reuniéndose, da origen á un arroyo; algunas mujeres se ocupaban en cocer su comida tomando agua del manantial con una red de trozos de caladium; el agua está próxima al punto de ebullición. En la cara inferior de ciertas plantas se veía una tenue capa de azufre sublimado, los indicios de alumbre apenas se notaban; en una hondonada se había reunido caolín, que se emplea para enlucidos.
De allí pasé á los manantiales incrustantes de Naglegbeng (debe ser Maglagbong) que están próximos. Creí hallar fuentes de aguas calizas, y me encontré con bellísimas formaciones silíceas, sumamente caprichosas en todos los estadios de desarrollo: conos truncados con apéndices cilíndricos, pirámides cortadas, con cavidades redondas, con bordes estriados, estanques hirviendo. Un sitio raso de 200 á 300 pasos de ancho por vez y media de largo, exceptuando algunos claros encespedados, está recubierto por una costra de sílice que á veces forma unas grandes superficies continuas; pero generalmente se presentan fraccionadas por fisuras verticales en delgadas placas. En innumerables puntos penetra en ebullición el agua cargada de sílice: saliendo de la tierra, se extiende sobre la superficie y deposita por enfriamiento y evaporación en seguida una capa, cuyo espesor disminuye del centro á la periferia con gran regularidad; así se forma en el transcurso del tiempo un cono muy plano con una cavidad de agua hirviente en el centro. Aumentando los sedimentos disminuye el canal de desagüe, corre poca agua que se evapora en inmediata proximidad del borde, y cada gota deposita un pequeño grano de sílice: así se forma la parte superior del cono más abrupta que su base, y también á la vez resulta un apéndice cilíndrico, cuya superficie exterior, como el agua no corre completamente por igual, queda acanalada con estalactitas. Si se obstruye el canal hasta el punto de ser la salida menor que la evaporación, no fluye el líquido por el borde, el depósito continúa por el enfriamiento gradual del agua regularmente en el borde interior de la cavidad: pero á medida que desciende el nivel del agua, cesa la sedimentación en su parte alta, disminuyendo así el grueso de la capa en la pared interior, y cuando el canal se obstruye por completo toda el agua se evapora y queda una oquedad lisa como torneada á mano en forma de campana invertida. En el cono blanco [8] se ve uno de estos, distinguiéndose alrededor del cono rojo un borde de cavidad aún más perfecto. El agua busca entonces nueva salida y rompe por el sitio en que encuentra menor resistencia sin destruir el hermoso cono que antes formó. Muchos ejemplares parecidos se encuentran en la localidad. Sin embargo, en los grandes conos originados en un pequeño estanque, los vapores alcanzan, cuando está obstruido el desagüe una fuerza expansiva tal, que hacen saltar la costra superficial dividiéndola en fragmentos radialconcéntricos. El agua brota en abundancia solo del centro, y se dirige á la altura casi verticalmente, dejando las arenas sobrenadar debajo de los fragmentos de la costra; así se forma una especie de gradería concéntrica, cuyo piso horizontal se va llenando de un modo gradual por nuevos depósitos de las aguas que lo recubren. A veces rompe el agua, estando cerrado el desagüe y después de formada la gradería, por la vertiente del mismo cono, y entonces se origina otro al pié del primero. En las inmediaciones de los manantiales silíceos hay depósitos de arcillas blancas, amarillas, rojas y gris azuladas, alternando en capas poco potentes como las margas irisadas: probablemente son producto de la descomposición de rocas volcánicas acarreadas allí por las aguas y coloreadas por óxidos de hierro. Quizá proceden estos depósitos de las mismas rocas, de cuya descomposición proviene la sílice siendo los últimos restos sólidos de las mismas. Su cantidad es sin embargo escasa, no se hallan en su primitiva posición, y representa solo una pequeña parte de la masa primitiva. Los mismos fenómenos se observan en Islandia y en Nueva Zelandia: pero mucho más variados, más bellos y más puros son los productos de los manantiales de Tiui que los de los Geisers de Islandia. Hay depósitos de plantas incrustadas con un baño tan tenue de sílice que se transparentan á través de él los nervios de las hojas bien reconocibles: la galvanoplastia no podría hacer un trabajo más delicado. En otros sitios alternan capas delgadas opacas, blancas ó muy débilmente rojizas de sílice, con fajas transparentes de ópalo amarillo y de hialita. A veces cuando la sílice queda largo tiempo en estado gelatinoso, han formado los gases penetrando en la masa consistente, series de celdillas de delgadas paredes, tan compactas y regulares como si fueran de origen vegetal: las celdillas están vacías ó llenas de hialita que suele penetrar en rayos continuos por la masa silícea. En otros sitios se ha depositado este mineral en capas concéntricas delgadas, alrededor de núcleos sólidos formando amigdalas. De una belleza sorprendente, verdaderamente monumental, es la rara forma del cono rojo de Tiui, quizás sin rival en todo el mundo.»
Escudados con las palabras del sabio alemán que dice, que los productos de los manantiales de Tiui son más bellos y más puros que los de los geysers de Islandia, bien podremos asegurar que son los más sorprendentes del mundo, con perdón sea dicho del geólogo americano Hayden y de los decantados geysers de La tierra de las maravillas.
No queremos dejar olvidada una particularidad que noté en los nombres y apellidos de la mayoría de los vecinos del pueblo de Tiui. Hasta no há muchos años los indios daban invariablemente á sus hijos en la pila bautismal, el nombre del santo del día en que nacían, sirviéndoles de apellidos el nombre del padre, viendo por lo tanto en todas las escrituras antiguas figurar á Antonio de Luís, Juan de Pedro, Victoriano de Andrés, etc. Esto originaba grandes confusiones, y durante el gobierno del general Urbistondo—si no estamos equivocados,—se dispuso que los indios adoptaran apellidos, y al efecto se mandaron por provincias extensas relaciones de aquellos para que escogiera cada cual el que más le agradase. Recuerdo esto porque en Tiui me encontré con un D. Pedro el Cruel y un D. Enrique de Trastamara, fraternizando alegremente frente á un jarro de vino de nipa. No creo se tuvo gran cuidado al redactarse en las relaciones ciertos apellidos, que por su respetabilidad y personificación debían estar á nuestro juicio á salvo de todo ridículo, y ridículo, y no poco es ver á un Guzman el Bueno jugando al gallo, y á una Isabel de Marcilla en complaciente bichara, con un Tirso de Molina ó un Lope de Rueda.
En Filipinas faltaban apellidos y hubo que crearlos; en cambio hasta fecha no remota no existió en aquellos archipiélagos quien se llamara Silvestre, por la sencilla razón de que el rumbo de los primeros navegantes borró un día del almanaque; así que en Filipinas el mes de Diciembre no tenía mas que treinta días, necesitándose que Madrid y Roma intervinieran para enmendar ese desaguisado que á la marcha de los tiempos llevó el libro de bitácora de Legaspi.