—No.
—Pues vamos al grano. ¿Quieres acompañarme á un viaje?
—¿Por mar ó por tierra?
—Por mar.
—Pero ¡hombre! tú estás empecatado. Es la época de los baguios. El Comercio no duerme por observar las burbujas del Pasig, La Oceanía mira de reojo á su vecino de enfrente, y el Diario profetiza, por boca de no sé quién, que el tifón está poco menos que soplando en los aldabones de la puerta de Santa Lucía, y piensas en viajitos por mar. Vaya, vaya, tú estas malo y tratas de contagiarme.
—Pero, en fin, ¿me acompañas ó no?
—Te lo diré cuando contestes á varias preguntas: ¿Adonde vamos, ó mejor dicho, adonde piensas que vayamos?
—Vamos—dijo mi amigo con todo el entusiasmo de un touriste de pura raza—á la cuna del abacá, á la tierra de los volcanes, á dormir dos noches á la falda del Mayon, á pisar la boca de su cráter, á ser posible; á Albay, en fin.
—¿Quién manda el vapor? Pues presumo no pensarás en barco de vela.
—El barco se llama Sorsogon y lo manda X. Conque ¿te decides ó no?