El alquiler de cualquiera de los cuartos de los tres pisos que tiene la barriada de mi respetable Sr. D. Francisco, exige un pago adelantado de tres años; si al cabo de ese tiempo no se renueva el inquilinato, se hace el desahucio á golpe de piqueta, sin que nadie tenga derecho á quejarse, puesto que el casero, por boca de la Gaceta, tiene la magnanimidad de conceder un plazo de veinte días.
¿Por qué se llamará Paco al campo-santo? Pregunta es esta á la que jamás han podido darme contestación.
Mientras hago estas observaciones, espanto los mosquitos, rompo el varillaje de un paypay y empapo de sudor dos pañuelos.
Ha pasado un cuarto de hora y el calor es insoportable.
Mi bata, que para ser un completo caballero solo le falta haber nacido en una cuna más alta, me alarga una carta, cuyo contenido me anuncia una espera en la visita de un amigo.
Del recibo de la carta al taconeo de mi amigo medió una hora larga, hora que no puedo datar en mi diario de trabajo, pues la despilfarré con la prodigalidad propia de un millonario, ó de un escéptico de veinte años.
Mi amigo, que se anunció con un resoplido digno de mejores pulmones—pues el pobre no los tiene muy sanos—tomó sillón y alientos.
—¿Has recibido mi carta?
—Sí.
—¿Presumes á qué vengo?