«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande, los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal, que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia, Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos, pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia, pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»
Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas, envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!
CAPÍTULO III.
Punta Matoco.—Calmas.—Isla Verde.—El sudeste.—Marinduque y
Mindoro.—Razas salvajes.—Sus costumbres.—Los negritos aetas.—Su
manera de ser.—Inalug y Acubac.—De puerto Galera á punta
Bunga.—Horizontes de Marinduque.—Isla Banton.—El Padre Pablo.
Á la vista de punta Matoco, límite de la provincia de Batangas, navegábamos en la mañana del día quince.
El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos del estrecho.
La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.
Sin adelantar un cable y sin poder ganar una buena y segura vuelta, cruzando constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.
No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.
Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra, venía la voz del capitán con su sempiterno ¡levanta muras! y ¡cambia en medio! á recordarnos continuábamos de vuelta y vuelta, ó mejor dicho, que nos manteníamos sobre bordos en demanda del centinela del estrecho.