Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel difícil paso en medio del cual se levanta!

A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El catavientos y las velas altas dieron señales de haber percibido las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando la María Rosario del letargo en que há tiempo estaba sumida.

El viento se entabló por completo, reinando con bastante fuerza el marcado en las monzones de Julio y Agosto.

Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y la navegación se hace más franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo, demoramos por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero, el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus pampas y bosques, la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de Mariveles y algunas provincias del Norte.

Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación que vió la luz en Manila, lo que sigue:

«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes, busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes, quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur, confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales, aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol, según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan baac, y una manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones, y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros, y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero; el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta; generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una especie de cuchillo de dos cortes que llaman talivong y bujías, el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza, que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz, frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario, y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos, siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres, muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala; desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos; su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos; pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada, que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería, son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición, se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron; pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan; son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la luz evangélica.