La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un pañuelo lleno de cuentas, reclamos y papeles; la segunda, comparte la vida entre el baño, el petate, las fiestas y los paseos á la luz de la luna.

Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra una sota.

Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.

En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una batea de gogo que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del soberano de aquella casa.

El soberano no es soberano, sino soberana. Es la casa de una rica y guapa mestiza.

La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento, cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos secretos del alma.

¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?

¡Tu presente es negro, cual las alas del panique de la noche! ¡Tu existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha tiempo fuiste llevada al mostrador de la usura y quedaste empeñada!

Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos, no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon los réditos.

La madre de la pobre niña murió.