Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se andará. [3]
CAPÍTULO VIII.
Islote de San Bernardino.—El Gran Pacífico.—Cielo y agua.—Nostalgia.—El secreto de las mareas.—Calma sospechosa.—Pesca del tiburón—Los crepúsculos en la mar.
Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres con que pudimos reforzar las cantinas de la María Rosario. Unas cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo que pudimos conseguir.
Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual no tardamos mucho en doblar, merced á la empopada en redondo que nos favorecía.
El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.
La María Rosario navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven, sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.
El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa; todo, todo desapareció.
¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!
El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.