La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo, representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta, una inspiración.
Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece, son otros tantos pensamientos de amor.
El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros son el nocturno sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso allegro de la vida.
El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello; contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque, es altamente conmovedor.
Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.
No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese espectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes oscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontes que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.
El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos se reduce. El marino entonces, cual el autor de los Tristes encomendaba al Noto, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en el céfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que generalmente dice ¡para ella! Este ¡ella! sintetiza toda una poética historia.
Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginación del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, el apacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado en esos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día, llevándole su fantasía á los sitios que sueña.
En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa lágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos que las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella, y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.
La lágrima del hijo del mar compendia toda una existencia de recuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quien sueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en la inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que mugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.