La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquella al ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es el encargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien en el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálida sultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de los sueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.
¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, son los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida, esas mudas y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso libro de la naturaleza!
Una de las sublimes páginas de ese gran libro que abraza toda la creación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone el crepúsculo vespertino.
¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!
¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublime epílogo de la redención!
¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimiento de la naturaleza!
¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!…
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El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades, al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piés é inmensidad sobre nuestras cabezas.