Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquel cuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados, barómetros bajos, completa movilidad en la aguja del aneróide; esto agregado al color plomizo de las aguas, á la pesadez de la atmósfera, que por momentos se achicaba cerrándonos los espacios, y á la menuda llovizna que constituyen la garua intertropical, nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justificó con las voces de mando del capitán, que desde el puente gritó: ¡listas todas las guardias! ¡aclarar aparejos! ¡listos gavieros!
Cada uno ocupó su puesto, reinando un momento de silencio.
Después … después nos persuadimos de que el barco se preparaba á recibir un tifón.
Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas, se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaron lanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas, se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, se clavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, se tendieron cabos de cabilla á cabilla, se puso doble cadena al timón, colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaron por el entendido capitán cuantas determinaciones surgieron en su imaginación la lucha que presentía habíamos de sostener bien pronto con la furia desencadenada de los elementos.
A la caída de la tarde la María Rosario, desprendida de todas sus galas, presentaba un aspecto sombrío y aterrador. Aquella no era la velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela y rechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla por el azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela; aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba á los besos de la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinas ondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa señora de las saladas regiones. La sultana que imponía leyes al adormecido Océano en la caña de su timón, era la humilde esclava del potente monstruo de los mares, que despertaba de su letárgico sueño revolviendo en sus convulsiones inmensas montañas de hirviente espuma, atronando el espacio con sus potentes mugidos.
¡El día cuatro no tuvo crepúsculo!
El paso de la claridad del día á las tinieblas de la noche fué momentáneo.
¡Qué triste es un día sin sol! ¡Qué amargura se experimenta al presentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores, pájaros y transparentes cielos!
A las cinco, la oscuridad era completa.
Todos comprendíamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.