El barómetro era el único que en aquellos momentos de angustia tenía elocuencia: esta, aunque muda, poseía la más fuerte de las razones. ¡La convicción de la realidad!

El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma las mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogo del corazón humano en la reducción de su piel de zapa.

Las nueve era la hora señalada para la salida de la luna, la cual nos marcó su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.

El barómetro señalaba 29,35. En pocas horas había bajado 65 centésimas. La observación del barómetro, la dirección de los chubascos y el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifón pronto nos envolvería en alguno de los anillos de sus espirales zonas.

Ciñendo mura babor nos manteníamos, sujetando al barco las gavias bajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las demás velas iban aferradas en sus vergas con dobles tomadores.

El barco cada vez trabajaba más, por efecto del fuerte viento y grandes mares que por su dirección nos indicaban que el huracán corría del Nordeste.

Sabido es que estos fenómenos llevan en su vertiginosa carrera los movimientos de rotación y traslación, originando poderosas comentes en espiral más ó menos fuertes, á medida que las zonas de aquellas se alejan del punto céntrico de donde se desarrollan.

El círculo del tifón es lo que se llama vórtice; aquel círculo es el que comunica sus estragos á los demás que lo envuelven, siendo los movimientos de rotación y traslación tanto más vivos cuanto más reducida es la primera vuelta que forma la espiral.

¡Desgraciado del barco que lo envuelva el vórtice! ¡Infeliz del pueblo que haga experimentar sus estragos!

¡El tifón se acercaba! ¿Nos cogería el vórtice? Es decir, ¿moriríamos? Solo Dios, solo Él, á quien en esos momentos todos claman y todos creen sabía nuestro destino.