La María Rosario no gobernaba. La caña de su timón era impotente.
¡El barómetro marcó 29,16!
¡¡¡Cerca de una pulgada de descenso!!!
El vórtice debía estar próximo á las muras.
Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormísima al tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.
La luna salía á las diez menos cuarto.
Tal situación no podía prolongarse.
El estado en que se encontraba el barco admitía pocas horas de esperanza.
La influencia de la luna había de resolver la situación.
Aquí no era ya la agonía de la Piel de zapa de Balzac, sino la magistralmente descrita en el Frollo de Víctor Hugo, con la diferencia de que en aquella había blasfemias, y en la nuestra recuerdos y oraciones.