La aguja del reloj marcó las nueve y media…. Las diez menos veinte.
La vista no se separaba de la columna barométrica cayendo fatídicamente en el alma, cada uno de los acompasados golpes del péndulo.
¡Cuántos pensamientos en aquellos supremos instantes! ¡Qué de recuerdos! ¡Qué de zozobras! ¡Qué de esperanzas!
¡Debe ser tan terrible morir ahogado dentro de las cuatro tablas del camarote! Esta idea me asaltó en aquellos instantes y resuelto á morir á la vista del cielo fuera de aquel ataúd, me puse de pie para salir de la cámara. En aquel instante la campana dió los tres cuartos.
La luna debía estar en su carrera visible.
La percepción de la campanada se confundió con la visual al barómetro.
¡¡¡Principiaba á subir!!!
¡¡¡Nos habíamos salvado!!!
* * * * *
Las grandes mares que el tifón había dejado á su paso fueron poco á poco aplacándose, cesando la furia del viento á medida que la influencia del fenómeno iba disminuyendo al alejarse de nosotros, siguiendo su destructor derrotero, en el cual había de sembrar ruinas y espantos.