Las suposiciones tranquilizadoras se convirtieron en una alarmante impaciencia.

Cada cual anhelaba algo.

Era conductor de pasaje y de correo; por lo tanto, el que no esperaba abrazar á un ser querido, aguardaba los consoladores lenitivos que latentemente sostienen en las ausencias pedazos de papel á los cuales se les da vida al correr la pluma, de cuyos puntos se van desprendiendo consuelos y esperanzas.

En vista de la tardanza salió otro correo. Este volvió, más … nada sabía del Malespina.

Cinco años largos han transcurrido desde entonces y nada sigue sabiéndose de aquel barco.

Ni una tabla, ni un pedazo de lona, ni el más ligero vestigio ha venido á atestiguar la catástrofe.

Las olas y las nubes fueron los únicos testigos.

Las nubes y las olas empujadas por el destructor hálito del tifón, guardan en sus insondables misterios una historia más.

Si el voraz diente de los monstruos marinos ha respetado las osamentas humanas, en el profundo abismo, sobre un lecho de algas y corales habrá entrelazados restos de dos seres.

Entre los pasajeros venían dos jóvenes que hacía pocos días se habían jurado fe eterna al pie de los altares.