El bramido del viento confundiría la última palabra de amor de aquellas dos almas, el rugir de las olas su último suspiro, y quién sabe si algún rayo de la poética luna su última mirada.
¡Cuántas historias semejantes á esta no guardarán los mares!
Las desconsoladoras descripciones de tifones que frecuentemente leemos, nos patentizan más y más que la María Rosario estuvo en inminente peligro de haber seguido la misma suerte que el Malespina.
Dios, sin embargo, no tenía contados nuestros días, y con la calma de los vientos y de los mares se tranquilizaron los espíritus, armonizándose las costumbres y la manera de ser de á bordo.
Cuatro días habíamos estado sin poder encender los fogones; cuatro días que atendidas las provisiones, puede decirse, estuvimos sin comer.
CAPÍTULO X.
Veintitrés grados en treinta y tres días.—Inseguridad en la monzón del SE.—Calmas desesperantes.—Los viajes largos.—Los ranchos.—¡Tierra!—Costas de Guaján.—Islote de las Cabras.—Puerto de San Luís de Apra.—Vegetación de Marianas.—La sanidad y la capitanía del puerto.—Desembarque.
Con vientos variables y navegando bien en popa, bien en largo, pudimos contrarrestar la gran corriente ecuatorial, que muchas veces desvaneció nuestros cálculos.
Día hubo que el barco parecía iba dejando muchas millas por la popa, y al creer encontrarnos con una buena singladura, nos situaba la observación más atrás que estábamos el día anterior.
¡Llevábamos treinta y tres días de navegación, y escasamente habíamos andado 23°.