En 1669 se bendijo una iglesia, creándose poco después un colegio con el nombre, que aún hoy lleva, de San Juan de Letrán, para el cual consiguió San Vítores se expidiera en 1663 Real cédula de perpetuidad, con la dotación anual de 3.000 pesos, los cuales se habían de pagar por las cajas de Méjico.
En contestación á esta merced, otorgada por Doña Mariana de Austria, escribió el jesuíta una sentida carta al Padre Nitarht, haciéndole presente participara á su Reina que en él espacio de pocos meses y debido á su protección, había en las islas entre bautizados y catecúmenos 34.000.
Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales, y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer presente lo hemos tomado de las mismas Crónicas de los Jesuítas, de cuya institución dependían todos los Padres que compusieron las misiones de Marianas, cuya dotación eclesiástica corrió á su cargo hasta que fueron expulsados de los dominios españoles.
Las expresadas crónicas hacen subir la población de las islas á 100.000 almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que ni la extensión, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal exceso de población, y sobre todo y más que la falta de proporción entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, según las mismas crónicas, se redujeron en muy pocos años á más de la quinta parte; disminución incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la razón de situación de las islas y la casi absoluta incomunicación en que estaban con los demás pueblos.
La emigración sin los medios de comunicación es imposible, y la enormidad de la baja sin aquella, por razón de mortandad también lo es, atendiendo á la salubridad que en todo tiempo se experimenta en las islas.
El casi imposible se opone á la creencia de que hubiera 100.000 almas, en donde escasamente solo restan en el día unas 7.000.
De estos y otros datos se prevale un escritor francés para mezclar entre el gran caudal de poesía que respiran sus obras, un sinnúmero de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse de Marianas.
Los pocos narradores de aquellas islas habrán podido equivocarse, es más, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago, escritor á quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola verdad en las páginas que consagra á las Marianas.
Mas continuemos su historia.
Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados, la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra, y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla; participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte; del campanario y de la atalaya; de la cruz y de la espada.