El imperio de la chaqueta era tan general como lo real; por entonces todos vestían chaqueta, como todos pertenecían á una corporación, municipio, archicofradía ó instituto real.
Todo era chaqueta y todo era real.
La majestad andaba en chaqueta.
Mas … cesaron de venir las naos, se bendijo la aduana de Manila, la que decía un célebre rey llegaría á verla desde Madrid, calculando su altura según su coste; se establecieron los chinos, desaparecieron los velones de tres mecheros, dando plaza á las modestas virinas, que á su vez habían de dejar el campo á los dorados, los bronces y los cristales tallados.
El imperio de la hoja de lata, hermana gemela de la chaqueta tocaba á su fin.
El ruido de la piqueta que abría los cimientos de las nuevas costumbres era el memento de su existencia.
Tras las primeras piedras vinieron las escalinatas, más tarde los parterres, y por último, las verjas, apareciendo en estos progresos el frac, el aceite de bellotas, las libreas, los velocípedos, los polisones y los ataques de nervios.
Ya apenas existe el recuerdo de la chaqueta, verdad es que la vida de
Manila en sus relaciones con el confort camina á pasos agigantados.
Aquí, donde el centígrado marca una temperatura que derrite, há meses que se expenden (!) pieles, y facturas de … guantes de cabritilla (!).
Los guantes de cabritilla son coetáneos de la escarapela en los señores de los pescantes y el clat en los señores de los salones.