La iglesia que está contigua al cementerio, es tan modesta como poco espaciosa, la compone tres pequeñas naves, el coro y una tribuna cerrada de reciente construcción. Lo que constituye la dotación del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentación es churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en líneas, como en expresión y detalles, es detestable.
Contigua á la iglesia, y comunicando con el altar mayor, está la sacristía, en la cual hay un retrato del Padre San Vítores, y otro del lego Bustillos.
Como edificios, no recordamos ningún otro de los enunciados, que merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa Rosa, y en la entrada del canal, pequeños fuertes, estos, ni por su fábrica, ni por las máquinas que resguardan tienen nada de particular, á no ser el pintoresco y bellísimo paisaje que desde ellos se domina.
En lo que se llama la Atalaya, vigilan cuatro hombres de la dotación el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo la hora en que vive.
La falta de máquinas supliendo la abundancia de brazos.
El engranaje del reloj de Agaña lo constituye un complicadísimo servicio, y una vigilancia á prueba de segundos.
Analicemos la máquina.
El Gobernador de Marianas tiene, es decir, es de presumir tenga reloj, pues si no lo tuviera no hay caso, en la época que estuvimos allí lo había porque lo tenía: dicho reloj daba sus campanadas regulares, llegando difícilmente al oído de un centinela que perennemente está bajo el bronce de la esquila, para que otro minutero viviente, que incesantemente escucha desde la Atalaya, diga al pueblo de Agaña en el bronce de una campana, mayor que la que le da el aviso. Caballeros, según me acaba de decir mi compañero de abajo, son las ocho en el reloj del Gobernador.
Excusamos manifestar los conflictos que pueden originar el día en que el ama de llaves, deje de usar la destinada á la alimentación del reloj municipal.
El Gobierno, no solamente da la hora, sino que también la dirección á las bancas y botes.