Y aquí necesitamos dar otra explicación.
Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibáñez, por delante de la línea de verdura que se extiende desde el colegio á la administración, observé que el Padre, siempre que pasábamos frente al Gobierno, miraba con detención el hueco del balcón que media el edificio. En una de las vueltas, la impaciencia fué mayor; se paró, y enfadado hasta donde se puede enfadar el buen Padre, exclamó:—¡Caramba con D. Luís, que se empeña en no encender el faro!—Gracias á Dios—exclamé,—que ya he oído algo que corresponda al pomposo título de ciudad que lleva Agaña;—mas al observar que por ningún lado veía torre ni torreón, no pude menos de interrogar al Padre, á fin de que me mostrara dónde estaba situado el aparato.—El aparato—me replicó con tono amargo mi compañero de paseo,—que no es ninguna vulgaridad, está allí;—y me señaló el hueco de la ventana.—No veo nada,—repliqué.—Pues porque no ve V. nada, es por lo que dije que D. Luís no encendía el faro, y el faro, hijo mío, no es más ni menos que un farol que se cuelga en aquella ventana, que como V. ve corresponde con el puerto.
El cigarro que fumaba se me cayó de la mano, y yo no sé cómo no me caí de espaldas. ¡Un faro de cuatro tinsines que viven muriendo tras las telarañas que adornan los vidrios de un farol!
Lo del faro de Agaña y lo del reloj es preciso ponerse serio para que lo crean; pero qué quieren ustedes, la verdad nunca puede ser más que una, y aunque las verdades respecto á Marianas, las que se saben lo son de seis á seis meses en Manila y en Madrid quizás nunca, de aquí la incredulidad que á nuestros lectores despertarán nuestras líneas.
Sigamos describiendo la isla de Guajan.
La población de Agaña ya hemos dicho es espaciosa y limpia; el estar enclavada en terreno arenisco y gozar de las vertientes del monte á cuya falda se asienta, constituyen una de las condiciones que determinan el aseo que en ella predomina; el monte suministra en las aguas que vierte cantidad bastante para ahogar el polvo, no originando sucios charcos el suelo por su esencia arenisca al par que la compacta superficie que lo forma.
En uno de los extremos de la ciudad, pasado el Colegio, hay unos terrenos pantanosos llamados Cienaga, de donde nace un pequeño arroyo que serpentea por la misma playa y del cual se sirven los naturales. Sobre este arroyo hay un sólido puente de piedra que pone en comunicación la playa con el pueblo. Todas las casas de este tienen entre sí una proporcional separación dividida por empalizadas de caña.
Estas empalizadas resguardan árboles arbustos y malezas, y en algunas que el dueño es cuidadoso se ven verdaderos huertos, en que al lado del rústico cenador crece la parra, á cuyo tronco trepan los tallos de las sandías con las que se mezclan las doradas hojas de la piña y las mazorcas del maíz.
La horticultura, tanto en Marianas como en todo el Archipiélago filipino, podría ser mucho más completa de lo que es. Una buena inteligencia combinada con un suelo virgen y una atmósfera impregnada periódicamente y por horas de humedad y calor, no es posible dejara de encontrar en raros productos verdaderas fuentes de riqueza.
En pequeño hemos tenido ocasión de ver más de una vez realizada la verdad que las anteriores líneas encierran, contemplando algunos cuadros convenientemente abonados y preparados, dar resultado gran variedad de semillas de Europa; es verdad que para esto se necesita cuidado y conocimiento; pues es probado que la primera semilla es la que fructifica con todos los caracteres que distinguen sus frutos, los cuales desmerecen visiblemente á medida que las semillas son de frutos ya criados en el país. La sucesión de cosechas y el uso de sus semillas si no se reemplazan, concluyen por matar el producto nativo, sustituyéndolo por otro que ni en sabor, formas, ni dimensiones se le asemeja.