Á los postres acudieron las anécdotas, los sucedidos, los apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos y andaluces, y tras la facundia de estos y el engaño de aquellos, se recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio y de desengaño en desengaño, vinimos á parar á las mujeres del país, y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la mestiza española es indiferente y la china fría y calculadora; otros, que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros, dijo uno en son profético y concluyente:
—Nada, caballeros, hay que desengañarse, en este país, ni las mujeres aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.
—¡Eh!—murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una culebra.—¡Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo, solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en este país, por quien no lo conoce.
—Que pruebe que las mujeres aman—dijo uno.—Que nos demuestre que los pájaros cantan—gritó otro.
—Pues que justifique que las flores huelen—balbuceó un tercero.
—Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo pruebe,—gritamos todos.
—Corriente, señores, dijo con gran calma el interpelado.—Allá va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro amigo Tóbler.
Hace unos cuantos años, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese abismo; y ¿saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor desgraciado.
—No sería del país,—replicó uno.
—Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada joven.