Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen símbolo del dolor. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!

Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.

Un niño sin madre es cual la flor.

¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!

¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!

En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la sensitiva y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la Señora de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.

Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de El Rey se divierte, al exclamar:

«Amor, contra el honor, te dió la vida.
Honor, contra el amor, te dió la muerte.»

Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible lasciate del Dante, el segundo.

¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!