Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.
En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.
Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.
SECTION IV
Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.
Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.
Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.
Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.