El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.

Hasay tenía una segunda madre en su protectora.

Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.

Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.

La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.

De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.

La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.

Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.

Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.

Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.