Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.
Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.
¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.
No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.
Y la humana máquina obedece como las obras del Divino Artífice á inmutables leyes.
¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!
¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!
SECTION VI
Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.
La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.