Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.

La buena y franca amistad que encontré en Lucban, detuvo mi viaje más tiempo del que me había propuesto, decidiéndome por último, aunque no sin trabajo, á señalar día para seguir á Tayabas; aquel llegó como todo en la vida, y en una entoldada tarde, me puse en marcha acompañado de mi inolvidable amigo Pardo.

A los pocos pasos que dieron los caballos, encontramos las huellas del terrible baguio del año 1873. Dos riachuelos que en tiempo de secas son completamente inofensivos, pero que en las grandes avenidas hacen imposible su vadeo, y que corre el primero á la salida del pueblo, y el segundo á un tiro de fusil de aquel, mostraban al viajero las ruinas de sus dos puentes, habiéndose establecido sobre las del último un arriesgado paso, formado de troncos de coco. El día en que hacíamos este viaje, ambos ríos traían poquísima agua, así que nos pusieron los caballos al otro lado sin salpicarnos las botas. Pasado el último, dejamos á la espalda una pequeña eminencia que da entrada á una bellísima cañada sombreada por miles de cocos, entremezclados de cañas, baletes y madre-cacao, cuyas verdes cimeras entrelazaban aquella vegetación virgen con las flexibles lianas, salpicadas de pálidas campanillas de la sampaca y del jazmín silvestre. En la cañada retozaban hermosos toretes, cuya lustrosa piel y buen estado de carnes, bien claramente demostraban la abundancia de agua y de pasto. Un sostenido galope nos alejó de aquel espacioso trozo de camino, haciéndose la marcha embarazosa por los pedregales y resbaladizas pendientes que íbamos encontrando.

El cielo estaba surcado de nubes, cosa muy frecuente en aquellas alturas; los picachos del Banajao los envolvía la bruma, y la humedad de que estaba impregnada la atmósfera nos obligó á ponernos los capotes á fin de preservarnos del desapacible relente de la tarde.

De hondonada en hondonada, y caminando siempre entre una salvaje y exuberante vegetación, entre la que de trecho en trecho se elevaba alguna que otra casita, morada de sementereros ó abrigo de viajeros, llegamos á la altura del puente de la Princesa, en la que un fuerte olor á huevos podridos nos indicó la presencia en aquellas cercanías de algún manantial sulfuroso. El olor á medida que avanzábamos era más acentuado, notando por último en la misma meseta de la prominencia, ligeros surcos impregnados de los residuos mineralógicos que arrastran las aguas. En el puente de la Princesa dimos un pequeño descanso á los caballos, y tuvimos ocasión de examinar la solidez de su fábrica. Una escalinata hecha en uno de los estribos, nos condujo guardando ciertas precauciones al lecho del río. El puente lo constituye un solo ojo de una gran altura fabricado con suma valentía, y cuya consistencia la probó en el último baguio, el cual arrastró por completo uno de los estribos, quedando el arco totalmente descarnado por uno de los lados, sin resentirse gran cosa su bóveda en el año y medio que duró su reconstrucción. Dicho puente, según las inscripciones que muestran sus pretiles, fué dedicado á la Princesa de Asturias, y concurrieron por igual, tanto para los gastos como para los trabajos, los pueblos de Tayabas y Lucban, constituyendo en la actualidad el comedio de dicho puente, la línea jurisdiccional entre aquellos.

El paisaje que se admira desde el puente de la Princesa es de lo más bello que puede crear la naturaleza. El río corre entre dos eminencias, en las que el Sumo Hacedor ha derramado uno de los más hermosos destellos de su poder. Todos los matices de la flor, todos los misterios de la selva y toda la grandiosidad de la vegetación intertropical, se muestran escalonados en aquellas alturas, en las que repercutido se deja oir el estridente chillido del mono, el agorero canto del calao, el triste gemir del bató-bató, el monótono piar del solitario y los alegres gorjeos del pájaro del sol. Todo este conjunto, cerrado casi de continuo por compactas nieblas, predispone fuertemente á la melancolía. No concibo pueda reírse al pasar el puente de la Princesa.

Aquel panorama oprime el alma, aquellas alturas concentran en un círculo de tristeza el espíritu, y las brumas que se corren desde las quebradas del Banajao, las da vida la fantasía, convirtiéndolas en sombríos sudarios.

¡Qué triste, qué salvaje, y á la par qué hermoso es todo esto!—dije á mi buen amigo, al par que ligeramente rozaba con la espuela los hijares del caballo.

Pasamos un sencillísimo acueducto á los pocos pasos, tan sencillísimo, que solo lo componía una gruesa caña que comunicaba el agua de un borde á otro del desmonte que cruzábamos, y que da paso á una limpia planicie sembrada de caña dulce. Señalándome aquel lugar, me dijo Pardo se le conocía con el nombre del camarín de Alaminos. Le interrogué sobre este particular y me contó que allí se había elevado un precioso kiosco de caña y flores en la visita de aquel general, al cual, según el testimonio de mi amigo, esperaban en aquel sitio más de 400 dalagas á caballo adornadas con sus mejores galas y escoltadas por unos 4.000 jinetes. Me sonreí con cierto aire de incredulidad, pareciéndome muchos caballos, pero más adelante quedó fijada la veracidad de la cifra por las notas conservadas por el Alcalde. [10]

Pasado el cañadulzal, empiezan á verse tubiganes ó sean terrenos regadíos, labrados y escalonados, en los que se siembra el arroz y en los que vimos grandes bandadas de garzas blancas.