Si al recorrer los extensos tubiganes y cocales que rodean á Tayabas oís plañidera guitarra y dirigís vuestros pasos en busca del tañidor; si al llegar al cerco de la casa donde salen los acordes, veis los tapancos y caranes alzados, notando en el interior profusión de gente que con gran silencio escucha á una india que perezosamente canta y baila al son de la guitarra, siguiendo con gran cuidado las ondulaciones de su cuerpo, el equilibrio de una taza que mantiene en la cabeza; si de cuando en cuando el silencio de los que escuchan es sustituído por el característico grito de alegría del indio y á veces con un palmoteo semejante al que acompaña las canciones andaluzas; si subís la escala de caña y bejuco y tomáis asiento entre aquella reunión, que sin preguntaros quién sois, ni quién os presenta, os acoge con cariño y os da lo que tiene; si entendéis el tagalo y lleváis algún tiempo en el país, desde luego comprenderéis que á vuestra llegada se bailaba y cantaba el cumintán. ¿Qué es el cumintán? dirán aquellos de nuestros lectores que no conozcan las costumbres tagalas. El cumintán es una mezcla de todos los acordes tristes y melancólicos que se conocen en el pentágrama. El cumintán es una balada compuesta de suspiros. Sus notas son otros tantos ayes arrancados en el silencio de la noche, de la mujer que ama, del corazón que espera, del proscripto que tras la azulada bóveda busca cual otro rey del Oriente la estrella que marca el derrotero de su patria. El cumintán tiene algo de salvaje, algo que hace volver la vista á los agrestes bosques en que se escuchan sus acordes. Tiene sus reminiscencias de las antiguas cántigas moriscas, recordando no pocas veces el gemir del polo gitano. El cumintán nació con la primera guitarra que se oyó en estas playas. En esta canción india, todas las razas que han pasado por este suelo han llevado una adición ó una nota. Como dejamos dicho, se asemeja á las canciones gitanas, las cuales ni se aprenden, ni se inspiran en la pauta sino en la vívida luz de unos ojos de fuego, en el dolor intenso de una perfidia ó en el triste recuerdo que sintetiza un acerbo dolor.
El cumintán no se aclimata en las ciudades, así es, que hay que buscarlo en esas perdidas casitas ocultas tras los verdes penachos de las bongas y las cañas.
Veamos lo que es el cumintán.
En la casa á que habéis llegado se celebra un suizán. Una treintena de indios é indias están sentados en el sajig; un indio templa las dobles cuerdas de metal de su guitarra, y un individuo del sexo fuerte y otro del débil, esperan que aquella esté á punto, teniendo la mujer sobre la cabeza una taza llena de vino de coco. Templada la guitarra, principia el baile que se reduce á ligeras ondulaciones de las caderas, acompañando á los cortos pasos con que van acercándose los bailadores. Al encontrarse, se paran y ella canta, tomando un tema alusivo á la persona por quien se da la fiesta ó picarescamente intencionado contra el individuo con quien baila. Concluída la copla, beben ambos, y cambiando la taza de cabeza, contesta el indio á la canción que le han dirigido, repitiéndose estas evoluciones horas y horas, en que se oyen tiernos y delicados pensamientos. ¿Quién es su autor? Nadie lo sabe, son hijos de un momento de inspiración; el oído los recoge y la memoria los perpetúa. Si entre nuestros cantares populares tenemos tiernos y delicados pensamientos, no los tiene menos el indio, tanto en el cumintán, como en el balitao [12] y el cutang-cutang.
El tagalo se presta mucho para los poéticos giros que generalmente emplea el indio en sus cantares. Hay una palabra en casi todos los cumintán que no se puede traducir á ningún idioma conocido; es como si dijéramos el ¡ole! ó el ¡chachipé! de la taberna del candil de Cádiz.
Si no hay lengua en el mundo que traduzca esas palabras, tampoco la hay que lo haga del cariquit-diquitán tagalo. Dicha palabra compendia todo un mundo de mimos, de caricias, de besos, de suspiros. Es el summum de la belleza á quien se le aplica, y el paroxismo del amor en el lenguaje de los amantes.
—«Si mi novio se muriese, yo iría á dormir sobre su tumba, para que sus huesos no tuvieran frío»—decía en una ocasión una india que cantaba un cundimán.—«Si tú estuvieras aquí, yo me pondría buena»—oímos decir una noche á una india, que en el delirio de una fiebre palúdica modulaba un cumintán, en el que recordaba á su amante.
Se dice, y se dice como una cosa concluyente que no admite réplica, que el indio es imposible de definir. Difícil, sí, imposible, no. Se aduce como premisas de que el indio es indefinible, aquel célebre libro de un misionero, cuidadosamente encuadernado, en cuyo lomo se leía: El indio, libro que á nadie dejó hojear y que ávidamente fué abierto tan luego murió, encontrándose los curiosos con que todas las páginas estaban en blanco. Á más del libro en blanco, corre de boca en boca la célebre definición que hace del indio un doctísimo escritor, en la que asienta entre otras muchas cosas, lo imposible de conocer al indio. En las páginas en blanco, solo vemos, ya que no un cuento, por lo menos un rato de buen humor del Reverendo Padre, que ponía á tortura la curiosidad tras las alambradas puertas de la librería. En cuanto al segundo testimonio, solo podremos decir que en las definiciones se ve que el pobre Padre lo que tenía más bien, era un empacho indio que no podía digerir, y se comprende perfectamente al decir llevaba cuando tal escribió, más de cuarenta años de país.
Al indio no se le conoce, dicen unos; es imposible definir ni calificar, replican otros: jamás podréis formar juicio sobre ellos, añaden los más. ¿Por qué? decimos nosotros. ¿Le habéis estudiado, ó solo le habéis visto? Si solo lo veis, ¿como queréis conocerle? El indio tarda muchísimo tiempo en presentarse ante el europeo tal cual es; el mismo respeto es la primera circunstancia que nos aleja de su conocimiento. Hacer con tiempo y cariño que se identifique con vosotros; lograr que vuestra vista no interrumpa sus costumbres; aprender su idioma; ser tolerantes, procurando modificar con el ejemplo, lo que queráis reprender; llevar á su inteligencia la seguridad de que ni os burláis de él, ni tratáis de originarle mal alguno, y cuando esto suceda, principiaréis á estar en condiciones de poder definirlo; mientras esto no suceda, no sé con qué derecho queréis profundizar una moral, cuyos sentimientos os son completamente desconocidos. No estando en las condiciones descritas, á buen seguro que tampoco podréis apreciar la poesía popular indígena.
Una india que canta un romance ó un cumintán, que es sorprendida por un europeo, deja la mayor parte de las veces su canto, ó de continuar, lo hace de una forma cohibida á todas luces. Aquel ser se transforma tan luego reina la confianza á su alrededor. Dirán mis lectores, ¿de modo que para conocer al indio hay que hacerse tan indio como ellos? No, puesto que podemos asegurar hemos vivido muchísimo tiempo á su lado, tanto en el campo como en la ciudad, sin que jamás se hayan identificado nuestras costumbres con las suyas. La base de la confianza es el cariño, y ese es el que hemos empleado para apoderarnos de su manera de ser y poder asegurar que en el mundo psicológico del indio se opera toda la serie de sentimientos que se conocen en el vocabulario del corazón.