El indio, y entiéndase que hablamos del indio de raza, del indio puro, no mistificado ni con las costumbres de las ciudades ni con los instintos de la conjunción de sangre, es sumamente adaptable á modelarse en el busto en quien reconoce superioridad, y en esto, podemos asegurar que la reconoce siempre. El indio, aunque sea rico, siempre rinde homenaje á un amo; es un ser libre con todas las condiciones para haber conllevado con resignación el ser esclavo. Por los criados muchas veces conocéis el amo. Al definir al amo, generalmente se define al criado. El indio hace lo que ve hacer, y se deja llevar en momentos dados, desde sus indolentes sueños á las altas regiones donde centellea la luz de los héroes. Un capitán español al frente de cien indios, puede recordar las grandes epopeyas de las guerras épicas. El español se bate por el ardimiento de su sangre, por el sacrosanto amor patrio, por su espíritu de raza. El indio se bate ante el ejemplo, ante la identificación que hace de su ser en otro ser, en quien reconoce superioridad. ¡Misteriosa mistificación que crea y alienta una campaña como la de Cochinchina, una epopeya como la de Simón de Anda, y un recuerdo glorioso como el de Clavería; el jefe que al frente de fuerzas europeas vuelve la espalda en un momento de peligro, encuentra las bayonetas de sus soldados; el que la vuelve ante fuerzas indígenas, tropieza con las mochilas. Un coronel de un regimiento europeo, es la táctica; un coronel de un regimiento indígena, es la conjunción de mil almas en la suya, flotando en su espíritu la suerte del regimiento: su responsabilidad es inmensa, pues tan fácil le es llegar al Capitolio como á la roca Tarpeya.

La identificación del indio con el sér en quien reconoce superioridad, está demostrada. De esta demostración, se deducen necesariamente un sinnúmero de corolarios que vienen á definirlo.

Se dice, el indio es esto y aquello y principalmente desagradecido, á lo que contestamos nosotros, que si bien se ven entre ellos pruebas de olvido—cosa que por otra parte, y dicho sea de paso, no es de extrañar, dado el estado de la humanidad—también podríamos citar hechos concretos, de que si hay indios que olvidan, también los hay que recuerdan y agradecen.

Lo que muchas veces se llama desagradecimiento, suele ser exigencias no otorgadas quizás porque vienen repetidas ó porque son odiosas.

—¿Por qué te vas de esta provincia?—decía en una ocasión una india á un amigo nuestro.

—Me voy porque me han ascendido, y porque lo manda el rey.

—Pues, pídele al rey—replicó con la mayor naturalidad—que te deje aquí, y en cuanto al sueldo, yo te lo daré.

Las anteriores palabras, en la generalidad de los casos despiertan la indignación; pero juramos á nuestros lectores que en el tono y la forma en que lo dijo la india, solo originan la gratitud. Es de advertir que aquella no tenía amores con mi amigo, y solo había tenido ocasión de prestarle aquel algunos pequeños favores. Hacemos esta salvedad, pues es de hacer, puesto que la india amante, no ofrece, sino que da, ó tira cuanto tiene. Como ejemplo, citaremos un hecho.

Una mañana estaba á punto de levar anclas el magnífico vapor Gloria, de la casa Clano. Las blancas burbujas que se escapaban de los tubos y la compacta columna de humo que perezosamente se iba confundiendo con las matinales brumas, bien claramente demostraban que el coloso estaba listo para alentar con sus potentes transpiraciones, las dobles hélices. El Gloria debía conducir á la madre patria gran número de sus valientes hijos, que después de haber peleado como buenos en las aguas de Joló, iban con la alegría pintada en la cara en busca de las azules ondas de las castellanas playas. De pronto saltó desde el portalón á la cubierta una india, preguntó por el capitán, y una vez en su presencia le suplicó la llevase á España, ofreciéndole doscientos pesos por su pasaje. A las justas observaciones del capitán explicándole lo imposible de realizar su petición por no tener pasaporte ni haber llenado ninguno de los requisitos de embarque, la india rompió á llorar; volvió á suplicar, y no pudiendo conseguir nada, secó sus lágrimas, y dirigiéndose silenciosamente al portalón tiró á la mar los doscientos pesos.—¡Pobre Titay!—oímos decir á un artillero que veía alejarse la barquilla en que iba la india.—¿Quién es Titay?—preguntamos nosotros.—Titay es esa pobre mujer que acaba de salir, era la amante de un compañero y anoche supimos había vendido cuanto tenía, creyendo poder seguirnos.—¡Pobrecilla!—añadió el valiente hijo de España visiblemente conmovido; sin él nada quiere y toda su fortuna la ha tirado á la mar.

Que le digan al novio de la india que son indefinibles, y de seguro se sonreirá amargamente al recordar la facilidad con que él podría definir á la desgraciada Titay.