El indio en general es muy dado á sus tradiciones, y por nada en el mundo varía sus costumbres, costando no poco trabajo el introducir la más ligera adición ó supresión en ellas.
Desde que un lalaqui forma el propósito de hacer el amor á una babay, hasta que se consuma el matrimonio, pasa por una serie de ceremonias y es objeto de un sinnúmero de fórmulas difíciles de enumerar, y desgraciado de él si en esa larga gestación de pretendiente á catipán, ó sea novio, y de este á maridable, infringe alguno de los infinitos detalles del larguísimo ritual del código amoroso indio.
Ni el pretendiente que en fuerza de cortesías llega á retratarse en los tersos botones de portero de Ministerio, ni el aspirante á rica dote ante exigente futura suegra, ni el candidato extra-oficial en distrito cunero, ni el cesante con ocho hijos frente á despótico casero, tolera las injusticias, los desaires, las cavilaciones y los sudores que sufre y aguanta con estoica resignación el indio ante la bronceada deidad de sus pensamientos.
Veamos el tipo.
Bindoy es un fornido muchachote de veinte años, su padre Cabezang Juan y su madre Cabezang María, son dos honrados seres que tienen cuatro cavanes de regadío, quinientos, cocos, algunas vacas y dos carabaos aradores que labran la tierra, en la que se levanta el hogar donde nació Bindoy. Aquella casa se llama de sementera, y los habitantes de las ciudades conocen á sus moradores con el nombre de sementereros. Bindoy y sus padres no van al pueblo sino los domingos, los días de procesión y aquellos otros en que el ronco tañido del tambulic del matandá sa nayon anuncia al barrio que en la población ha de verificarse algo extraordinario. Cabezang Juan, acompañado de su hijo—que es primogénito de su cabecería,—asiste á las altas deliberaciones que algunos sábados se discuten en el Tribunal, y no sin gran trabajo recauda de sus carolos el tributo, trabajo que en cambio le da fuero sobre uso de chaqueta, asiento en la principalía, voto en las deliberaciones, media firma en informes de conducta, y sobre todo el oir llamar con cierto respeto á su cara consorte el aristocrático Cabezang, título tan nobiliario, como si su propietaria pudiera ostentar en vez de los blancos faldones de la munícipe camisa de su marido, un escudo con media docena de lagartijas en campo amarillo.
Bindoy ha entrado en quintas y sacado un número alto, por lo tanto, viéndose libre del servicio del Rey, principió á pasar por su imaginación el deseo de dedicarse al de una dama. Con tal resolución, se echó mi buen Bindoy por aquellas sementeras de Dios en busca del ideal de sus sueños. Una tarde se hizo cargo de una guapa dalaga que pilaba arroz acompañando el ruido acompasado del jalo con una monótona canción. Ver á la dalaga y pararse, y tras pararse, rascarse, fué simultáneo. En Europa, sabemos, mejor dicho lo saben otros, que con la música puede darse las buenas tardes y hasta pedir un fósforo al vecino; pudiéndose hacer esto, y muchísimo más, en el arte coreográfico, en el que, y solo con la ayuda de los pies se pueden recitar todos los pentacrósticos de Estrada. El arte mímico ha llegado á una gran altura en el viejo mundo; pero juramos á nuestros lectores, que con toda aquella mímica junta, no se llega á la expresión que envuelve el hecho de pararse un bagontao ante una dalaga, y rascarse. Las uñas en este caso tienen más elocuencia que todas las catilinarias juntas. Una rasqueta, reposada, tranquila y practicada en aquel sitio de que Sancho se quejaba después del manteo de la venta, es el ultimatum más perfecto que se conoce en el lenguaje de las peticiones. Cuando el indio se rasca en la cabeza, su exigencia solo será material, es el preámbulo para pedir ó dinero, ó cosa que lo valga; pero si el indio corre las uñas por los antedichos lugares, entonces la petición cambia de especie, y se convierte en moral.
La dalaga, vió que Bindoy se paró, que miró, y que abrió la boca; oyó que pronunció el eureka tagalo, ó sea el característico, ¡aba! y sobre todo, observó que bajó la mano y se rascó con el mismo mimo y parsimonia que podría hacerlo un gitano sobre el lomo de un pollino en feria, y visto y oído lo anterior, dejó jalo dentro del lusong y miró de reojo á Bindoy como diciendo, mañana tú serás el que piles.
En las costumbres tagalas de la provincia de Tayabas, el hombre trabaja mientras es novio, cuando es marido, generalmente quien lo hace es la mujer.
Sigamos á nuestro Bindoy.
Una vez que comprendió había encontrado su media naranja, traspuso el cerco de madre cacao que resguardaba la casa, en la que entró con la misma familiaridad que si fuera la suya. Dió las buenas tardes á los padres de la dalaga, fué cuidadosamente observado por aquellos, y acto continuo indicaron faltaba agua, á cuya indicación el pobre Bindoy, cargó con un pesado bombón de caña, que llenó en un manantial vecino. Con este trabajo empieza el via-crucis que tiene que recorrer el pretendiente. En el mero hecho de haber desempeñado una ocupación de la dalaga, se le acepta, y en tal concepto, presta con el nombre del servicio, ó sea el pamimianan, toda clase de trabajos. Acompaña á su pretendida á todas partes, desempeña sus quehaceres, pila por ella el arroz, lampacea el suelo, limpia los carajais y los platos, ayuda al padre en las faenas de las sementeras, y todo por ella, por ella, á quien mira con una cómica gravedad. No hay nada más digno de notar, que la respetuosidad con que es tratada una india en situación de pretendida.