El servicio, lo impone el padre de la dalaga, dura generalmente un año, ó sea de cosecha á cosecha, viviendo muchas veces el pretendiente en la misma casa de la pretendida. Desde el momento en que se acepta el servicio por parte de la familia de la dalaga, se abren dos listas, una que lleva el padre de aquella y otra el pretendiente, consignándose en ellas el importe de todo cuanta gasta en obsequios, sean de la clase que quieran. Los trabajos también tienen su tarifa, abonándose en cuenta dos reales por los servicios de noche, y uno los de día. Las listas del pamimianan son altamente curiosas, leyéndose en ellas, al lado de una libra de lichón, un pañuelo de guinaras, figurando más allá de este apunte, dos reales por una noche en claro velando el romadizo de la futura suegra, y más allá, un real por media noche en que acompañó á la dalaga á cantar la pasión. Al cumplir el año se hace la liquidación del importe total de los trabajos, de los obsequios y del valor de todo lo comible y bebible, que ha llevado el pretendiente, y este se prepara á recibir su sentencia, pues al concluir el servicio se resuelve en definitiva si se le acepta ó no.

En esta aceptación, poco ó nada se oye el asentimiento de la dalaga, la cual con raras excepciones sigue la voluntad de sus mayores, sin réplica ni objeción alguna.

El pretendiente, en esos días, se preocupa todo lo que puede preocuparse un indio; busca una especie de hombre bueno, que se le conoce con el nombre de amang-cruz, y con este, y algunas veces la música, se dirige á la casa de la dama de sus pensamientos, siendo de advertir que ya con anticipación se ha procurado se le comunique la noticia. Constituidos en la casa, si ven que nada falta en ella, es mala señal; mas si por el contrario, se encuentran solo con las paredes, sin que haya fuego, ni leña en el hogar, ni bancos, mesas y lamcapes en la caída y sala, entonces la cosa varía de aspecto, y el novio, el amang-cruz y los individuos de la familia de aquel, en un momento llevan cuanto hace falta, procediéndose acto continuo á preparar la cena y buscar á la dalaga, que la tienen escondida en alguna casa vecina. Encontrada aquella—y es de advertir que se la encuentra siempre—el amang-cruz entrega á su padre una bandeja adornada de flores. Entre estas se coloca una cajita, en cuyo fondo se ponen dos monedas de plata, cuyos bustos resulten mirándose el uno al otro. A esta ofrenda se la llama el habilin, y aceptado este, principia la cena; se bebe, se canta, se baila y se habla de todo, menos de la proyectada boda. A los ocho ó quince días de la entrega del habilin, se prepara otra cena, previo aviso á todos los parientes de una y otra parte, y si á la conclusión de aquella devuelve el padre de la dalaga al amang-cruz las dos monedas, es señal de calabazas en redondo; si no hay devolución, el pretendiente pasa á ser novio oficial.

De no aceptarse al novio, se le entrega el importe del servicio, el cual se le carga en cuenta al nuevo pretendiente que tenga la dalaga, de modo que el pamimianan no es ni más ni menos que un préstamo que se hace al padre, con la garantía de la hija. Volvemos á repetir, que pocas veces entre las indias de la provincia de Tayabas, se ven ejemplos de que contraríen la voluntad de sus mayores, y cuando esto sucede, el rencor se lleva á un terreno casi incomprensible. Conocimos una joven, que habiendo apelado al amparo de las leyes, y habiéndose decretado su depósito, escribió á sus padres una carta pidiéndoles perdón. El día que tal hizo fuimos á la casa en que se hallaba, y la encontramos llorando, teniendo á la vista su carta con los cuatro picos quemados, una mortaja, un cordón, un rosario y cuatro velas amarillas. Aquellos objetos mortuorios nos llamaron la atención, y al interrogar á la joven, nos dijo, que aquella carta era la suya, devuelta sin contestar por sus padres, quienes, juntamente con ella le habían acompañado los anteriores objetos. La carta que se devuelve quemadas las cuatro puntas, significa que el odio será eterno; si se acompaña la mortaja, revela, que aquel se llevará hasta la tumba.

La oposición de los mayores tratan algunas veces los pretendientes de conjurarla por medio de empíricas recetas ó tradicionales anitos. Las hojas de la gayuma y del jonjon, se prestan en primer término para las cábalas amorosas. Aquí no hay echadoras de cartas, ni agoreras pitonisas; pero el género no es desconocido, La mangcuculam suple aquí las rayas de la mano, la sota de bastos y los setenarios del amor, con los brebajes del jonjon y los sahumerios de la gayuma.

Nuestro conocido Bindoy no tuvo necesidad de recurrir á medios extraordinarios. Fué aceptado por todos, trabajó como un cumplido pacientísimo su año de servicio, y cabezang Juan guardó en el fondo del arca las dos monedas del habilin. Ya lo tenemos, por lo tanto, novio oficial de la simpática dalaga, cuyo nombre era el de Nínay.

Del estado de novio al de marido, hay entre el indio muy poco camino, así que á los pocos días tomaron el que dirige al convento, Bindoy, Nínay, el amang-cruz y los padres de aquellos. Presentes los novios ante el párroco, fueron examinados, y nemine discrepante aprobados, quedaron inscritos para las amonestaciones.

La presentación que hacen al cura la llaman el paghaharap, y con este nombre se da una fiesta, que se repite la víspera de la unión, con el nombre del casalan, la que dura hasta la hora de ir á la iglesia.

En todos estos actos hay un ceremonial especial que se repite de unos á otros con la precisión del engranaje de un cronómetro inglés.

Bindoy, solo, según programa, marcha por medio de la calzada que dirige al convento á la cabeza de la música; detrás de esta, y en la misma forma que su futuro, camina muy despacio la novia, llevando sobre su cuerpo la saya más pintarrajeada que ha encontrado y cuantos objetos relucientes ha podido proporcionarse. Leídas que fueron las solemnes palabras de San Pablo, Bindoy miró de reojo á Nínay, el cura bendijo la unión de ambos, y todos contentos y satisfechos regresaron á la casa de la desposada, en la que el pobre marido, antes de entrar en posesión de su mujer, tiene que sufrir nueve—¡nueve!—interminables días, por supuesto con sus correspondientes noches de baile, cutang-cutang, coquillo y demás agasajos que para el pobre Bindoy son otras tantas mortificaciones. En estos nueve días la desposada duerme con sus amigas, las cuales la rodean, no dejándola ni un momento sola. ¡Delicada y alegórica costumbre en que se despide la dalaga del mundo, rindiendo en aquel novenario el último tributo á la virginidad!