Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El orimon.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El constructor de cigarrillos.—Dos respiraciones.—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y … talagá nang Dios.—La casa por concluir.—Dolor de embarazo.—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—El panalañgin.—El sentimiento y el estómago.—Inoac y sayos.—El sentimiento y el indio.—Filosofía del icao ang bahala, y el talagá nang Dios.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El dasalan.—Creencias.—El lungcasan.—Último recuerdo del vivo al muerto.
Ya que hemos visto todo el ceremonial que precede á un casamiento en Tayabas, síganme los lectores que quieran á la cabecera de un enfermo grave, y si muere les daremos á conocer las costumbres que se practican en los entierros.
—¿Estamos en camino? Sí, pues principiemos por doblar la rodilla, pues á pocos pasos de la casa adonde nos dirigimos llevan el orimon, resguardado por un inmenso payo de seda grana, y dentro de aquel se ve al ministro del Altísimo con la sacrosanta forma. Detrás del orimon, que no es ni más ni menos que una silla de manos conducida en hombros de cuatro fieles, y custodiada por una guardia de honor de cuadrilleros, va la música tocando la marcha real, y á continuación gran número de acompañantes con velas.
La devota comitiva se dirige á la iglesia, y nosotros entramos en la casa del paciente, en la que se notan algunos adornos, lo que prueba, que en aquella se ha recibido al Rey de los Reyes, con toda la suntuosidad á que alcanzan los recursos de sus moradores.
Ya estamos en la caída; si quien padece es mujer, y se encuentra de parto, no podemos detenernos ni hablar hasta llegar á la habitación donde se encuentra la enferma; si esto no hacemos, se creería en un resultado funesto. Delante de nosotros ha pasado un indio que se ha parado á encender un cigarro en una de las muchas luces que hay en la caída, á pesar de ser las cuatro de la tarde; aquella parada, desde luego nos da á conocer no habrá bautizo, ni necesidad de preparar agua de socorro. Con nosotros viene el estudioso y aventajado joven D. Evaristo Batlle, médico titular de la provincia; lleva poco tiempo en ella, y todavía no ha podido desterrar con su ciencia las ridículas y hasta estrafalarias prácticas de los mediquillos. El doctor nos acompaña como simple curioso, si bien, va animado de los mejores deseos humanitarios. Cerca de la caída está la cocina, y en ella nos enseñan á un grave y respetable señor, de camisa por fuera, armado de unos tremendos anteojos, cuyo varillaje difícilmente encuentra apoyo en una cosa que quiere ser narices. Aquel personaje, es el mediquillo; se encuentra rodeado de una porción de cachivaches, dando órdenes y disposiciones con un gran aplomo. Cree que ninguno de nosotros conoce el tagalo, y por lo tanto continúa con su explicación medica, al par que confecciona una receta. Veamos los ingredientes de esta, y oigamos el discurso.
En una hoja de plátano, embadurnado de aceite para que no se pegue, deja destilar la melaza de unos caramelos, que derrite á la llama de unos tinsines que arden por cima de la hoja, sobre la que vemos perfectamente picado un poco de tabaco y otro poco de buyo, que mezcla y revuelve con la melaza, haciendo por último con todos aquellos compuestos, una especie de tabaco de las dimensiones de un primera habano. Concluída su obra, miró por cima de las antiparras á todos los que aguardaban brotase la salud de sus manos, y con aire reposado y sentencioso, dijo en tagalo, lo que traducimos en español.
—Toma,—dijo, dándole el cigarrillo á una india, que supimos era la esposa del enfermo,—cuando le suba el frío, hay que traerlo abajo, y para llamarlo, tienes que taparle con eso todas las respiraciones—¡Santos cielos! exclamamos en nuestro interior,—¡cuántas respiraciones conocerá ese constructor de cigarrillos! Sudando, solo en pensar la horrible faena para conducir el frío abajo, nos dirigimos á la habitación del paciente. Con más parches que redoblante de concejo; más hierbajos que anaquelería de herbolario: y más sobas que espalda de galeote, yacía, en el petate del dolor, mi bueno de cabezang Pedro, aquejado de un descomunal ataque de frío y calor.
Al ver al pobre cabezang Pedro, comprendimos todo lo grave que es el estar malo en Tayabas.
Y en efecto, lo estaba tanto, que murió aquella misma noche.
Nuestro amigo el doctor nos dijo que el frío y el calor, no era ni más ni menos, que una fiebre maligna.