Una hermosa y risueña alborada como lo son todas en la India, me despertó, oyendo los ecos del lejano volteo de la campanita que convocaba á los creyentes á la misa del alba. Era viernes. Apresuradamente me vestí, abrí las conchas de mi cuarto y me dispuse á asistir al más grande de los misterios del cristianismo.

Los últimos crespones de la noche fueron replegados por la tenue luz de un corto crepúsculo, y la claridad sustituyó á las sombras con esa potencia, esa vitalidad y esa gigantesca exuberancia con que hace la naturaleza en este país todas sus manifestaciones.

Aquí no hay crepúsculos, como tampoco hay juventud. El niño, pasa á ser viejo sin haber sido joven, y la niña se da cuenta que ha dejado de jugar, cuando es madre. Al árbol lo rinden los años, sin que su añoso tronco ó su ligera palma hayan visto arremolinarse al pié de su cuna, ni el melancólico sudario de su dorado otoño, ni los descarnados brazos de su prematura vejez.

Aquí, una semilla es un árbol, una niña, una mujer, y un crepúsculo, una rapidísima penumbra de la vívida luz de los trópicos.

Preguntar á una india qué acaba de dar á luz y os dirá que ha parido, no un niño ó una niña, sino una babai ó un lalaqui, es decir, un hombre ó una mujer. Plantar una simiente de las que en el viejo mundo dan un arbusto, y aquí saldrá un árbol. Salir á la calle sin el payo, contando con el crepúsculo y más que á paso tendréis que volveros con los sesos achicharrados.

Mas dejemos digresiones y entremos en la ermita, á cuya puerta se agolpaban gran número de fieles.

Me arrodillé al pié del presbiterio, y al levantarme después de oir pronunciar al sacerdote la última palabra del conmovedor evangelio del día, alcé los ojos á los inmóviles de la imagen, no recuerdo, si con el fervor de la oración que implora ó de la curiosidad que investiga; mas el resultado fué que poco á poco, el fiel se convirtió en el artista, admirando la corrección de la talla, lo acabado de sus detalles, lo valiente de sus líneas, y más que todo la profunda expresión de sentimiento que el artífice había sabido impregnar en la Dolorosa Madre. Recorriendo mi vista todos los detalles de la escultura, con gran insistencia se fijaron en un objeto que estaba á sus piés y que poco á poco vine á convencerme era un bastón.

Concluída la misa, me dirigí á la sacristía y supliqué al sacerdote me permitiera examinar aquel. Mi ruego fué atendido, teniendo ocasión de observar un antiguo bastón de mando, en cuyo rico puño, toscamente cincelada se destacaba una cifra, la misma que según me dijo el sacerdote, tenían el cáliz, propiedad de la ermita, y la lámpara. Examiné esta y aquella, y en efecto, en el oro del primero y en la plata de la segunda, se encontraba la cifra y una inscripción debajo de ella que decía: 8 de Enero 1720.

Mientras hice mis investigaciones, el sacerdote concluyó su rezo de gracias, y ambos nos dirigimos á la casa de mi amigo A…

Incidentalmente hice recaer la conversación acerca de la ermita y de lo que á ella se refería. El misterioso cocal, siempre cuidado y atendido, la correcta escultura escondida tras los muros del modesto santuario, el antiguo bastón de mando á los pies de la imagen, el laconismo de la jeroglífica cifra, y más que todo, aquel 8 de Enero de 1720, en cuya fecha seguramente se compendiaba alguna ofrenda conmemorativa de pasados sucesos, embargaban fuertemente todo mi ser. Tras no pocas insistentes preguntas y no menos vagas respuestas que mediaron, mientras tomamos chocolate, vine á perder la esperanza de lograr mi deseo.