Pasaron algunos días y una tarde en que con mi amigo respiraba la fresca brisa, sentados en la espaciosa azotea de su casa, pasó por la calle una procesión en la que todos los alumbrantes eran muy viejos. Esto hizo que se hablara sobre los frecuentes casos de longevidad de Filipinas, y el que dijera á mi amigo que entre aquellos alumbrantes irían muchos de ochenta y noventa años, á lo que me replicó aquel, que conocía un antiguo veterano que llevaba más de cuarenta años cobrando su retiro, siendo de advertir que al salir del ejército ya tenía el máximun de tiempo, debiendo por lo tanto cifrar en más de cien años. Encontrándonos en esta conversación, fué á hacernos compañía un honrado comerciante español, casado con hija del país y radicado en aquel pueblo. Enterado de nuestra conversación nos dijo, que él sabía de un viejo de ciento dieciocho años, que se le conocía con el nombre del matandá de la ermita, el cual, hacía tiempo vivía en el barrio de Cotta, distante dos leguas de Tayabas.
Al día siguiente al en que tuvimos la anterior conversación, caminaba con dirección á Cotta.
Tan luego desmonté del caballo, al pié de la escalera, de la que llaman Casa Real, indagué del castellano que la habita, quién era y dónde vivía el matandá de la ermita, sabiendo por boca de aquel y con gran desconsuelo mío, que hacía más de un año había muerto.
El castellano, pudo iluminar poco, ó nada, mis investigaciones, dando mis preguntas el único resultado de saber, que el matandá tuvo una especial predilección por unas ruinas que se descubrían en la margen del río. Dichas ruinas, cubiertas en su mayoría de brozas, musgos y malezas, muestran en su antigua argamasa las señales de un incendio. Sobre algunos ahumados y dentados ladrillos, descansa un tosco cañón de hierro de gran calibre. Su. ánima está destrozada, el herrumbre cubre su áspera superficie, y en su desportillada boca relucen en las horas de sol los ojillos de los verdes lagartos, que buscan la vida, en la que fué recámara de la muerte.
Sentado sobre aquel cañón, y rodeado de aquellos restos, supe pasaba muchas horas el matandá.
Las negruzcas ruinas del baluarte de Cotta, y su inválido cañón, claramente demostraban que por allí había pasado la tea incendiaria de la piratería morisca. Aquella muda, pero elocuente página de muerte y destrucción, seguramente ocupaba un lugar importante en la leyenda de la Virgen de las Angustias. ¿Cuál sería aquel? Hasta la fecha en que escribo no he podido averiguarlo. [13]
En los días que estuve en Cotta, tuve ocasión de ver y apreciar lo agradable que es una estancia en aquel precioso y saludable barrio levantado al borde de dos ríos, cuyas aguas se confunden en un mismo desagüe antes de llegar á la barra, la que dista del embarcadero un cuarto de hora.
En Cotta he pasado días cuyo recuerdo será tan imperecedero en mi memoria, como lo es en mi alma el cariño que profeso á los que me acompañaron en aquellos. Mis amigos, mejor dicho, mis hermanos Tamayo y Belloc me han visto escribir en aquellas alegres soledades muchas cuartillas de este libro. Un frondoso tamarindo nos resguardaba de los rayos del sol mientras Belloc estudiaba, Tamayo disecaba, y yo escribía. Allí fuimos felices muchas horas, y ellos, lo mismo que yo, es imposible olviden aquellas tibias tardes, entre aquella naturaleza, que tiene en su cielo toda clase de colores, en su suelo toda la variedad de plantas, y en su ambiente toda la diversidad de aromas que Dios alienta en los pulmones de las flores. Cotta, como ya he dicho, es un barrio de Tayabas que necesariamente llegará á ser pueblo. [14] Su proximidad al Estrecho, lo caudaloso de su río, y la benignidad y salud que se respira en sus aires, hacen que su población aumente de día en día. Los vecinos de Tayabas buscan este barrio como lugar de convalecencia y recreo.
La riqueza de Cotta consiste en sus cocales, que puede asegurarse son de los mejores y más productivos del Archipiélago. Los bayones que tejen sus mujeres, la cera silvestre que producen las salvajes abejas de sus bosques, y la gran variedad de pescados que recogen las mallas de la red, ó las entrelazadas celosías de los corrales, completan los productos de Cotta, que dista como ya hemos dicho, dos leguas y cuarto de la cabecera.