La mujer de Filipinas, tiene muchísimo que estudiar. El que verdaderamente la llega á comprender, es el que sabe apreciar cuánto vale. Para la generalidad, es un misterio el cómo muchos europeos concluyen por estar completamente dominados por hijas del país. Esto se atribuye á debilidad en ellos y fuerza de carácter en ellas, nosotros no lo creemos así; conocemos á varias de esas despóticas señoras, que toda la fuerza que emplean en su sistema de gobierno, la basan precisamente en su misma humildad. Nada desarma tanto el carácter, como la obediencia, como nadie está más dispuesto á ser dominado que quien lucha con una dulce sonrisa de resignación. La mujer india, casada con un europeo, jamás dice mi marido, sino el castila. En esta sola palabra establece la diferencia de raza y retrata su propia humildad. Llega á su casa y al entregar el tápiz á la criada, á buen seguro que no dirá ¿dónde está mi marido? y sí ¿dónde está el castila? Á los hijos de este, los llamará por sus nombres ó simplemente sus hijos; pero lo que es el castila jamás será en el hogar, ni Pepe, ni Juan, ni Andrés, sino siempre el castila. La madre, en todas partes es la misma. La mujer, no en todas es igual.

Es de advertir que cuando en una casa viven varios europeos, los criados no dan el nombre de castila sino á aquel en quien reconocen más superioridad.

Un indio de pura raza que sirva, por ejemplo, en Malacañang, no encontrará otra palabra más gráfica para nombrar al general que la de el castila, todos los demás que lo rodean serán D. Fulano, D. Mengano, ó esto ó aquello, pero el general será siempre el castila. Sale aquel criado del servicio de palacio y entra al de alguno de los que llamó D. Fulano ó D. Mengano, y si este vive con otros ciento, que sean en posición oficial menos pasará á ser el castila, y los demás seguirán siendo D. Mengano ó D. Fulano.

El mayor título de respeto que puede dar el indio es el llamarle á uno el castila, palabra que va aplicando en el escalafón de las categorías.

Tan difícil sería convencer á un aragonés de que había más duques que el de la Victoria, como hacer comprender á un indio, tal como él lo aplica y entiende, que el castila es todo aquel que ha nacido bajo la bandera española.

Con el castila indio sucede lo que con los saludos. Ir veinte ó treinta caballeros honrados acompañando en Tayabas, por ejemplo, al Alcalde, encontrar á quinientos indios, en el camino, y á buen seguro que no oiréis ni á uno solo emplear el plural en sus salutaciones. Se quitará el sombrero, se inclinará ante el Alcalde, y solo dirá magandang hapon pô, es decir, buenas tardes, señor. El Señor, en este caso, es el castila. Fuera del Alcalde todos los acompañantes son para el indio otras tantas almas de Garibay.

Hemos hecho la anterior digresión para que se comprenda el valor que tiene el castila pronunciado por la esposa india. Para recargar el cuadro y hacer comprender el cariño y respeto que tiene la mujer de la provincia de Tayabas al español, voy á recordar un episodio que presencié el año 1874. Había llegado el general Alaminos á Lucban, y todas las dalagas se ocupaban en el tribunal de Tayabas en hacer preparativos para recibir dignamente al primer magistrado de las islas. Unas cosían banderolas y gallardetes, otras confeccionaban adornos, aquellas limpiaban vajillas, no pocas arreglaban cortinas y damascos, y las más daban la última mano á los trajes y galas que habían de lucir. Todas trabajaban y todas hablaban. La impaciencia era grande por saber cuándo llegaría el general. Esto por una parte, y la rivalidad por otra que existe entre las de Lucban y Tayabas, hacía que la impaciencia de las últimas subiese de punto, deseando saber si podrían ó no sobrepujar á las primeras. Este era el tono de todos los corrillos y de todas las conversaciones, hasta que, por último, para salir de dudas, se resolvió mandar á Lucban, de riguroso incógnito, á una picaresca y lista mestiza, que era quien las capitaneaba. La misión de la embajadora se reducía á correr en posta las dos leguas que separan á los dos pueblos, y una vez salvada la distancia, averiguar, escudriñar, verlo todo y tomar nota de cuanto se hiciese y se pensase. Hubo quien la dijo, en un rasgo de verdadero valor—¡mira, si es preciso, habla al mismo general!—La niña, que en honor á la verdad no es corta de genio, montó á caballo, y á los cincuenta minutos estaba en plenas funciones. Nada le quedó por ver, incluso al ilustre viajero. A las cuatro horas de haber salido de Tayabas refrenó el caballo á la puerta de su Tribunal, en donde esperaban en sesión permanente, no solo las dalagas, sino que también las ñoras graves. Taconeando como un húsar apareció la enviada en el dintel. Su larga falda, toda llena de barro, no estaba tan mustia como su cara. Todas la rodearon.—¿Qué hay?—murmuraron los labios.—¡Qué no viene, que se vuelve desde Lucban!—dijo con voz desfallecida la interrogada. Ni la inscripción del festín de Baltasar, ni la rota de Roncesvalles, ni la capitulación de Sedán, produjeron tanto efecto como el que originaron las anteriores palabras. Un silencio de muerte invadió el salón, y las lágrimas se agolparon á los ojos. Viendo á todas llorar, la capitana babae prorrumpió en una carcajada, al par que las decía:—Vamos, muchachas, no hay tiempo que perder; mañana llegará á las once.—¡Qué soberano contará en sus crónicas que todo un pueblo ha llorado ante la idea de no verle! Creemos que ninguno.

Los anteriores recuerdos nos los acentuó el baile de Sariaya, en el que vimos muchas de las dalagas que figuraron en el verídico episodio que hemos narrado, encontrándose entre ellas la protagonista, que aquella noche nos demostró que lo mismo sirve para correr la posta, que para entonar un cadencioso cundiman, ó bailar un característico balitao.

A las dos de la madrugada concluyó el baile. Á las ocho de la mañana, según la orden que dió el Alcalde, debían verificarse las elecciones, á las que Dios mediante, nos proponemos asistir.

CHAPTER XIV