El alegre y pintoresco pueblo de Sariaya, se encuentra entre la mar y las estribaciones del San Cristóbal. Confina con los pueblos de Tiaong y Tayabas. Las brisas de la mar refrescan su atmósfera, y las brumas que se forman en las crestas del San Cristóbal, entoldan su cielo. Su situación, según el padre Buceta, es la de 125° 13' 40'' long. y 13° 55' 26'' latitud. Tiene gran altura sobre el nivel del mar, que se domina perfectamente, á pesar de distar su caserío una legua y media.
Este pueblo es de gran antigüedad, ignorándose la época exacta de su fundación. Registrando archivos, se encuentra, en el de Reverendos PP. Franciscanos, la tabla capitular más antigua de su orden, que data del 17 de Abril de 1599, en la que ya figura el nombre de Sariaya, y el nombramiento del Padre Frey Miguel Linares, para su convento de Santa Clara. Según las crónicas de dicha orden, el año 1605, ya fuese por escasez de Misioneros ó ya por ser el pueblo demasiado pequeño, quedó agregado al de Tayabas permaneciendo así hasta el año 1743, desde cuya fecha existen datos exactos.
Los límites jurisdiccionales de Sariaya, abarcan un diámetro de unas cinco leguas en su mayor extensión, de terrenos llanos de pasto y de labor. Se cosecha gran cantidad de arroz, café, cacao, aceite y trigo. Este último es de grano pequeño y oscuro. El pan que se hace de su harina es excelente.
La salubridad de Sariaya es buena, siendo de notar la diferencia de temperatura que se advierte entre este pueblo y Tayabas. El paludismo que tantas víctimas hace en este último, apenas es conocido en aquel.
El caserío de Sariaya es muy limpio, viéndose entre sus ligeras construcciones de palma brava, caña, cabo negro y cogón, no pocas de sólidos y buenos materiales. El convento es muy espacioso, apreciándose desde sus galerías un lindísimo paisaje. En su iglesia se venera un crucifijo que, según cuenta la tradición, fué salvado de las llamas á que redujeron los moros el pueblo de Sariaya, en una de las muchas correrías que verificaron en la costa de Tayabas en el pasado siglo. El convento, es de bonito aspecto, cómodo y muy proporcionado en su distribución. La amplitud de su escalera da acceso á una dilatada caída, que termina en una bonita azotea con vistas al Banajao. La construcción de los dos salones que á derecha é izquierda tiene la galería, revelan la arquitectura moderna, y descubren en el director de la obra un gusto nada común. A primera vista, mas parece la casa de un rico hacendado, que el asilo ascético de un misionero; es verdad, que contribuye á ello, en primer término, la situación pintoresca en que se asienta, y los dilatados horizontes que domina.
Como edificios, son de citar á más del anterior, la casa cuartel de la Guardia civil, levantada á la margen del río,—que lame con su corriente los límites del caserío,—y la escuela, que se halla en el centro de la plaza, y que sirve de tribunal en las grandes solemnidades.
Los datos estadísticos que hemos podido reunir son los siguientes: tiene Sariaya 50 cabecerías que componen 7.778 almas, de las que tributan 4.462; hubo 281 defunciones, 103 casamientos y 245 bautizos; se vacunaron 246 niños; asistieron á las escuelas por término medio 60 á 70; fueron sorteados para el servicio de las armas 357 mozos, de los que correspondieron 8 soldados; en el juzgado se tramitaron 20 causas, á consecuencia de otros tantos delitos perpetrados en su jurisdicción, que la compone 48 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos; la fuerza pública la forma un puesto de Guardia civil al cargo de un oficial europeo, y 66 cuadrilleros, dependientes del tribunal; la distancia á la cabecera, como ya hemos dicho, es de poco más de 11 km.
La noche que llegamos á Sariaya, hubo baile en el Tribunal, al que concurrieron todas las dalagas adornadas con sus mejores galas. El tipo de la mujer de Sariaya, es en su generalidad como el de toda la provincia, indio puro. Sus facciones son muy acentuadas, si bien las dulcifica la constante sonrisa de bondad que dibujan sus labios y el meloso adormecimiento que retrata la negra pupila de sus ojos; son muy inteligentes, y aunque su oído no conozca la significación de la palabra española, sin embargo, sus ojos saben penetrar y traducir el más ligero deseo. Es verdad que la raza india tiene muy perfeccionado el espíritu de observación. Nadie como ellos saben fotografiar en una sola frase á un individuo, y nadie aplicar un calificativo, una definición ó un mote.
Aquellos de mis lectores que conozcan el tagalo, les recomiendo que si pasan por Tayabas, procuren sorprender una conversación íntima entre varias dalagas. Si estas se creen completamente solas, de seguro pronunciarán conceptos altamente ingeniosos á la par que poéticos. Manejan con gran facilidad los metafóricos giros y no perdonan en su alegre cháchara, persona, cosa objeto que se presente á la vista ó á la memoria. No hay intención de herir y jamás sus dichos traspasan las negras fronteras de la calumnia. En una palabra, hacen un bosquejo; en un gesto, un retrato; y en un movimiento, una caricatura; se ríen de su obra y de aquí no pasa.
La risa jamás llega al sarcasmo y nunca fabrican en sus labios el sucio barro en que modela la maledicencia sus asquerosos ídolos.