Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig, evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de las muchas pequeñas embarcaciones que afluyen en aquellas horas á las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras, leña, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las bandas del vapor.
A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares de madera que serán en su día la sustentación del puente de la Convalecencia, así llamado,—se entiende cuando esté concluído [1] porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo la principal base y en la que descansará aquel, la pequeña isla de Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que nos dijeron ser el Hospicio.
Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel; construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto, que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las entreabiertas ventanas de los muros—cuyas líneas son una reminiscencia morisca—indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas que trate de ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos telares del viejo mundo.
Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malacañang, residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto, para la jerarquía del alto Jefe que la habita. Á continuación de Malacañang—palabra tagala que quiere decir casa del pescador,—quedó el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son sustituidos por la caña, la nipa, y la palma brava, los cuidados jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos, bongas y cañas; mezclándose las mansiones de recreo, con centros manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba, que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.
Distraídos en la contemplación de la ribera que teníamos á babor, dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las Beatas—así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso establecimiento de monjas,—y no sin trabajos, en los que hubo que emplear el tiguin para evitar los cientos de salientes que forman las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte visible, el remate del torreón de la de Paco.
Tras la bullente estela de El Batea, fueron quedando, el rústico embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo—por cuya cima se destacaban los picachos de los montes de Mariquina—los pueblos de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,—que pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,—y las ruinas de San Nicolás, con su histórica peña, en que dice la tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino en aquel sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el carnicero saurio.
El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel con el ilustre apellido de Herrera.
El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas; á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.
Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos, se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.
Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á bordo con tiquines, á la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de Malapadnabató,—palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.—Los bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la peña el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente á la peña de Malapadnabató se halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno menos rústico camarín, señalan un puesto de carabineros, llamados á vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de Doña Jerónima,, de cuya cueva—que dicen se comunica con la de San Mateo,—cuentan los indios terroríficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Doña Jerónima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué hecha para baño de una sibarita y opulenta señora.